DEVOCIONAL: Preparando el camino | 8 de octubre del 2026 | El glorioso día de su venida
«Vendrá nuestro Dios, y no callará; fuego consumirá delante de él, y tempestad poderosa le rodeará» (Salmos 50:3).
El regreso de nuestro Salvador es la bendita esperanza de la iglesia y la respuesta definitiva a todo el dolor del mundo. En las Sagradas Escrituras, este acontecimiento no se describe como un evento secreto u oculto, sino como la manifestación más visible y gloriosa de la historia. El apóstol Juan lo contempló con santa reverencia al escribir: «He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá» (Apocalipsis 1:7). Esta promesa infunde una profunda certeza en nuestro espíritu: el Rey de reyes viene a poner fin al sufrimiento de manera definitiva.
Contemplemos por un momento el firmamento abriéndose para dar paso a una pequeña nube en el oriente. A medida que se acerca, esa silueta se transforma en una majestuosa y resplandeciente nube blanca, cargada de la gloria divina y rodeada por millones de santos ángeles. En ese instante, todos los hijos de Dios que sufrieron tribulación o desprecio por su fidelidad encontrarán un consuelo eterno. El largo silencio de los siglos se romperá para dar paso a la justicia perfecta y al rescate de su pueblo amado.
Para quienes hemos entregado nuestra vida al Señor, este acontecimiento no nos infunde temor ni desesperación, sino un regocijo indescriptible. Es el momento cumbre donde se cumplirá la firme declaración que el patriarca Job pronunció en medio de su prueba: «Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios» (Job 19:25-26). Mantener esta maravillosa verdad en la mente transforma nuestra perspectiva diaria y nos impulsa a caminar en santidad.
Esperar el regreso de Cristo exige de nosotros una actitud de activa y constante vigilancia. El apóstol Pablo nos exhorta a vivir cada día con las manos consagradas al servicio: «Renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tito 2:12-13). Cada amanecer es una oportunidad de gracia para consagrar nuestra vida a Dios, interceder por el prójimo y compartir el mensaje de salvación.
Cuando las pruebas terrenales parezcan abrumadoras, descansemos en la promesa inquebrantable que el Maestro nos legó: «No se turbe vuestro corazón… Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo» (Juan 14:1-3). Hoy, el Espíritu Santo te hace un llamado directo a no desmayar, a despertar del sueño espiritual y a vivir cada hora con la lámpara encendida. ¿Está tu corazón verdaderamente listo hoy para recibirlo si el cielo se abriera en este mismo instante?
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