28 de diciembre | Devocional: Exaltad a Jesús | El toque final de la inmortalidad

Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro. 1 Juan 3:2-3.

El alma se entrena mediante el esfuerzo personal unido con la oración de fe. Día tras día el carácter se desarrolla de acuerdo con la semejanza de Cristo; y finalmente, en lugar de ser el juguete de las circunstancias, en lugar de gratificar el egoísmo, y de dejarse llevar por conversaciones livianas e insignificantes, el hombre llega a ser el dueño de sus propios pensamientos y palabras. Puede ser que para dominar los hábitos complacidos desde hace mucho tiempo, se requiera un conflicto severo, pero podemos triunfar mediante la gracia de Cristo. El nos invita a que aprendamos de él. Su deseo es que practiquemos el autocontrol, y que desarrollemos un carácter perfecto, y que así hagamos lo que es agradable a su vista. “Por sus frutos los conoceréis”, es la norma mediante la cual se juzga el carácter.

Si somos fieles a las insinuaciones del Espíritu de Dios, avanzaremos “de gracia en gracia, y de gloria en gloria, hasta que recibamos el toque final de la inmortalidad”.

“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”… ¿Puede cualquier plan terrenal concebir un honor igual a este, que seamos hijos de Dios, hijos del Rey celestial, miembros de la familia real? El hombre puede ambicionar los honores que pueden conceder sus semejantes finitos; ¿pero de qué le aprovechará? La nobleza de la tierra no está constituida sólo por seres humanos; mueren, y regresan al polvo; y en su alabanza y honor no hay satisfacción perdurable. Pero el honor que proviene de Dios es duradero. Ser herederos de Dios y coherederos con Cristo significa tener acceso a riquezas inconcebibles: tesoros de valor tan elevado que hunden en la insignificancia al oro y la plata, las gemas y piedras preciosas de la tierra. Mediante Cristo se nos ofrece un gozo inexpresable, un eterno peso de gloria. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”. 1 Corintios 2:9.

Adolecemos de una fe sencilla; necesitamos aprender el arte de confiar en nuestro mejor Amigo. Aunque no lo vemos, Jesús cuida de nosotros con tierna compasión; y se conmueve con el sentimiento de nuestras enfermedades. Nadie acudió jamás a él con fe, en medio de su gran necesidad, y salió descorazonado de delante de él… El cristiano es… el hombre más feliz del mundo. Se siente seguro, porque confía en Jesús y se regocija en su presencia. Su “escudo está en Dios, que salva a los rectos de corazón”. Salmos 7:10. No posterguen este asunto, sino que comiencen… a fijar sus mentes más firmemente en Jesús y en las cosas celestiales, recordando que mediante la contemplación de él somos transformados a su misma imagen. Tengan confianza en Dios.—The Review and Herald, 10 de junio de 1884.

DEVOCIONAL: EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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