DEVOCIONAL: Preparando el camino | 27 de octubre del 2026 | El regreso de los hijos
MARTES 27 DE OCTUBRE
El regreso de los hijos
Versículo clave: «Así ha dicho Jehová: Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos; porque salario hay para tu trabajo, dice Jehová, y volverán de la tierra del enemigo. Esperanza hay también para tu porvenir, dice Jehová, y los hijos volverán a su propia tierra» (Jeremías 31:16-17).
El fin de nuestro peregrinaje por este mundo de pecado alcanzará su clímax más tierno y reconfortante cuando las promesas hechas a los hogares fieles se cumplan al pie de la letra. Las Sagradas Escrituras contienen bálsamo para los corazones que han sufrido la separación y el luto, asegurando que el dolor actual no es eterno. El profeta Jeremías dejó registrada una de las promesas más hermosas del Antiguo Testamento al declarar: «Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos; porque salario hay para tu trabajo, dice Jehová, y volverán de la tierra del enemigo» (Jeremías 31:16). Esta declaración infunde una esperanza inquebrantable para nuestro porvenir, garantizando el reencuentro de los seres amados.
Jesús vendrá en las nubes de los cielos con poder y gran gloria, acompañado por una multitud de ángeles resplandecientes. Su objetivo principal al descender será resucitar a los muertos que descansaron con fe y transformar a los santos vivos de gloria en gloria. Nuestro Salvador no ha olvidado a quienes le amaron ni ha echado al olvido Su palabra de honrar a los que guardaron Sus mandamientos. En esa mañana triunfal, Cristo romperá las cadenas de la tumba y volverá a unir los eslabones de la familia que la muerte separó de forma tan cruel en esta Tierra, marcando el inicio de una eternidad juntos.
El gran día de Dios revelará ante todo el universo cuánto debe este mundo a las madres piadosas que intercedieron sin desmayar por sus hogares. Cuando el Juez divino se siente, se abran los libros de registro y se coloque la corona de gloria inmortal sobre la cabeza de los vencedores, ocurrirá una escena sumamente conmovedora. Muchos hijos levantarán sus coronas con profunda gratitud y se las colocarán a sus madres diciendo: «Ella hizo de mí lo que soy por la gracia de Dios; sus instrucciones y sus oraciones fueron bendecidas para mi salvación eterna». Aquellas súplicas secretas y desvelos recibirán su galardón público en el reino de los cielos.
Con un gozo indescriptible, los padres contemplarán la vestimenta blanca, el arpa de oro y la corona dadas a sus hijos amados. Los largos días de temor, incertidumbre y esperanza habrán pasado para siempre. La semilla espiritual que sembraron con lágrimas y oraciones constantes, y que muchas veces pareció esparcirse en vano en medio de los desafíos de esta vida, levantará su cosecha con alegría al final del camino. Sus hijos habrán sido redimidos por completo. Es una maravillosa redención, tantas veces descrita en la profecía y esperada con anticipación, pero que jamás hemos alcanzado a comprender por completo en nuestra condición actual.
La preparación para disfrutar de esta comunión celestial se decide hoy en el contacto diario con nuestro Creador. Quienes caminan hoy con Cristo como un compañero familiar y un amigo íntimo, reflejando el conocimiento de Su gloria en sus vidas, están verdaderamente listos para el cielo porque ya tienen el cielo en sus corazones. Hoy, el Señor te hace un llamado directo a reavivar el altar de la oración en tu hogar, a perseverar en la instrucción bíblica de tus hijos y a descansar en Sus promesas. ¿Estás cultivando hoy esa comunión íntima con el Salvador para asegurar que ningún eslabón de tu familia falte en el glorioso reencuentro final?
Oración: Querido Padre celestial, te alabamos en esta hora porque eres un Dios fiel que cumple cada una de sus promesas y que no olvida el trabajo de amor en nuestros hogares. Te pedimos que purifiques nuestros corazones de todo desaliento y nos concedas la constancia para interceder diariamente por la salvación de nuestras familias. Sostén a cada madre y padre que hoy siembra con lágrimas la semilla de tu Palabra, y danos la inmensa alegría de ver a nuestro eslabón familiar unido por la eternidad. Todo te lo pedimos en el nombre de Jesús. ¡Amén; sí, ven, Señor Jesús!
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