3 de julio | Devocional: Alza tus ojos | La luz del mundo

Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. 1 Juan 1:5.

Antes de la caída de Adán, ni una sola nube gravitaba sobre la mente de nuestros primeros padres para oscurecer su percepción clara del excelso carácter de Dios. Estaban perfectamente de acuerdo con la voluntad del Señor. Una preciosa luz, la luz de Dios, los rodeaba. La naturaleza era su libro de texto. El Señor los instruyó en relación con el mundo natural y dejó con ellos ese libro abierto para que contemplaran la belleza en cada objeto en el cual posaran sus ojos. Dios visitaba a la santa pareja y le enseñaba por medio de las obras de sus manos.

Las bellezas de la naturaleza constituyen una expresión del amor de Dios hacia las inteligencias humanas. En el jardín del Edén la existencia del Eterno quedó demostrada en los elementos de la naturaleza que rodeaban a nuestros primeros padres. Cada árbol plantado en el jardín les hablaba, diciendo que las cosas invisibles de Dios eran claramente visibles, siendo entendidas por las cosas que fueron hechas, aun su eterno poder y divinidad.

Pero, aunque se puede discernir a Dios en la naturaleza, ello no proporciona ningún argumento sólido en favor del conocimiento perfecto de Dios revelado en ésta a Adán y a su posteridad después de la caída. La naturaleza podía transmitir sus enseñanzas al hombre en su inocencia; pero el pecado y la transgresión acarrearon plagas a la naturaleza e interfirieron entre ésta y la naturaleza de Dios. Si el hombre nunca hubiera desobedecido a su Creador, si hubiera permanecido en su estado de perfecta rectitud, podría haber comprendido y conocido al Señor. Pero cuando desobedeció, dio prueba de que creía las palabras de un apóstata antes que las del Señor…

Adán y Eva escucharon la voz del tentador, y pecaron contra Dios. La luz, vestidura de la inocencia celestial, se apartó de estas almas afligidas y engañadas, y al perder el ropaje de la inocencia ellos mismos atrajeron hacia sí el oscuro manto de la ignorancia de Dios. La luz clara y perfecta que los había circundado hasta ese momento iluminaba todo aquello a lo que ellos se acercaban; pero desprovistos de la luz celestial, la descendencia de Adán ya no pudo descubrir el carácter de Dios en sus obras creadas.

Sin embargo, después de la caída, la naturaleza no fue el único maestro del hombre. Con el fin de que el mundo no permaneciera en tinieblas, en una noche espiritual eterna, el Dios de la naturaleza necesitaba encontrarse con el hombre en Jesucristo. El Hijo de Dios vino al mundo como una revelación del Padre. El era “aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre”.

La lección más difícil y humillante que el hombre tiene que aprender, si es guardado por el poder de Dios, es su propia ineficacia al depender de la sabiduría humana, y el fracaso seguro de sus propios esfuerzos por leer correctamente en la naturaleza.— Manuscrito 86, del 3 de julio de 1898, “Comentarios de la Semana de Oración”.

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DEVOCIONAL

ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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