24 de junio | Devocional: Alza tus ojos | Me visitaron

Acordaos de los presos… Hebreos 13:3.

Ayer, respondiendo a una invitación, dirigí la palabra a los presos [de una cárcel cerca de Salem, Oregon, EE.UU.]. La hermana Jordan, una muy amable hermana en la fe, me llevó en su carruaje… Me sorprendió ver a un grupo tan agradable de hombres inteligentes. ¡Oh, cuán triste! Cuántos jóvenes, menores que nuestros queridos hijos, tan inteligentes y con la apariencia de que podrían ocupar cualquier cargo en la sociedad. No habrías soñado siquiera que eran presos, y solamente lo hubieras advertido por sus extraños uniformes, tan pulcros y aseados. No había nada repulsivo en su apariencia.

El director de la prisión nos hizo entrar, y luego, al sonido de una campana, los pesados cerrojos de hierro fueron retirados con un fuerte ruido y de sus celdas salió un enjambre de unos ciento cincuenta presos. A continuación fuimos encerrados con ellos: el carcelero, la esposa del director de la prisión, el hermano Carter y su esposa, la hermana Jordan y yo. Los presos cantaron dirigidos por el hermano Carter. Había un órgano allí. El ejecutante era un joven, un músico excelente, un hombre prometedor y, sin embargo, ¡oh, cuán triste! era un convicto. Hice una oración y todos inclinaron los rostros. Cantaron otra vez y luego me dirigí a ellos.

Escucharon con la más profunda atención las siguientes palabras: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. 1 Juan 3:1. Presenté entonces delante de ellos el pecado de Adán, su caída y el don de Dios para redimir ese fracaso, el amor manifestado así para salvar al hombre del pecado y la ruina. Comenté la tentación de Cristo en el desierto, la victoria que ganó en favor de la raza humana, y cómo el hombre puede vencer las trampas seductoras de Satanás colocando su confianza en Cristo…

Me espacié por unos momentos en la naturaleza del pecado, en que es la transgresión de la ley, y cómo mediante el arrepentimiento ante Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo el pecador puede recibir salvación plena y gratuita. Pero que no puede ser salvado por los méritos de la sangre de Cristo mientras continúe violando la ley del Padre… Cristo murió para poner en evidencia ante el pecador que no hay esperanza para él mientras continúe en el pecado. La obediencia a todos los requerimientos de Dios es su única esperanza para recibir el perdón mediante la sangre de Cristo. Me detuve bastante sobre la gran recompensa que será dada al triunfador final: la corona de la vida que no se desvanece y que será colocada en sus sienes.

La gente me escuchó con semblantes solemnes y lágrimas en los ojos, mientras sus labios temblorosos me mostraron que sus corazones, aunque encallecidos por el pecado, sintieron el impacto de las palabras que se les había dirigido.—Carta 32, del 24 de junio de 1878, dirigida a Jaime White, quien se encontraba viajando por el este de los Estados Unidos.

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DEVOCIONAL

ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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