Miércoles 27 de mayo del 2026 | Devoción Matutina para Adultos 2026 | Primero el altar, después el edificio

«Y colocaron el altar sobre su base, porque tenían miedo de los pueblos de las tierras, y ofrecieron sobre él holocaustos a Jehová…». — Esdras 3:3

El tercer capítulo de Esdras nos traslada a un momento de intensa tensión profética. El remanente acababa de regresar del cautiverio y se encontraba rodeado de enemigos hostiles, hombres de la región que detestaban el resurgimiento del pueblo de Dios. Humanamente, la lógica dictaba que lo primero que debían construir eran murallas defensivas, fortificaciones sólidas para proteger sus vidas. Sin embargo, guiados por Josué y Zorobabel, los repatriados tomaron una decisión contraria a la sabiduría del mundo: antes de levantar una sola pared, restauraron el altar de los sacrificios.
Hay una lección de repercusiones eternas en este hecho. El temor a los peligros externos no se combate con defensas terrenales, sino con una sumisión absoluta al Creador. El altar representa el reconocimiento de nuestra pecaminosidad y la aceptación del sustituto divino. Al colocar el altar sobre sus antiguas bases, aquel pueblo declaró que su seguridad dependía únicamente de la sangre derramada y de la gracia redentora.
Hoy, como pueblo que espera el segundo advenimiento, enfrentamos amenazas sutiles y una oposición feroz de las potencias de las tinieblas. El gran conflicto se intensifica. A menudo, cometemos el error de querer solucionar los desafíos con estrategias humanas, confiando en nuestras propias fuerzas y postergando la consagración. Pero la profecía nos advierte que sin un fundamento firme en Cristo Jesús, cualquier estructura que pretendamos edificar se desmoronará. La verdadera protección comienza cuando postramos el orgullo ante los méritos del Salvador.
«No esperaron a que se echasen los cimientos del templo para empezar a rendir culto a Dios. […] Mientras se preparaban para la reconstrucción del santuario, el pueblo se unió en espíritu en el servicio diario del altar» (Elena G. de White, Profetas y Reyes, p. 411)
Cuando los albañiles finalmente colocaron los cimientos del santuario, se produjo un fenómeno singular: las aclamaciones de júbilo de los jóvenes se mezclaban con el llanto amargo de los ancianos que habían visto la gloria del templo anterior. A pesar de la disparidad de emociones, el canto de alabanza era uno solo: «Porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia».
Aceptar la salvación produce una fe inquebrantable y un amor profundo que transforma las lágrimas de melancolía en cantos de esperanza eterna. La obediencia a los requerimientos divinos no surge del temor al castigo, sino de contemplar al Cordero de Dios intercediendo por nosotros en el santuario celestial. Si fijamos los ojos firmemente en Jesús, comprenderemos que no importa cuán modestos parezcan nuestros comienzos actuales, la victoria final de su iglesia remanente está garantizada por su palabra infalible.

Oración:
Señor Omnipotente, reconozco que ante las dificultades del camino tiendo a buscar refugio en mis propios recursos. Te pido perdón por descuidar el altar de la consagración diaria. Ayúdame a colocar a Cristo en el centro de todas mis determinaciones. Que la seguridad de tu sacrificio venza mis temores ante las acechanzas del enemigo. Concede a tu pueblo un espíritu de obediencia humilde y llénanos de esa bienaventurada esperanza que aguarda el regreso glorioso de nuestro Redentor. Oramos En el nombre de Jesús, Amén.
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