Lunes 20 de julio del 2026 | Devoción Matutina para Adultos 2026 | ¿Por qué esconde Dios los tiempos del juicio?
«Puesto que no son ocultos los tiempos al Omnipotente, ¿por qué los que le conocen no ven sus días? Traspasan los linderos, roban los ganados… Desde la ciudad gimen los moribundos, y clama el alma de los heridos de muerte, pero Dios no atiende a su oración.» — Job 24:1-2, 12
El vigésimo cuarto capítulo descorre el velo de una de las mayores encrucijadas de la fe: el misterio del aparente silencio divino ante el ultraje de los débiles. Job expone una cruda realidad al describir cómo los inicuos oprimen a las viudas, arrebatan el rebaño de los huérfanos y obligan a los desvalidos a mendigar alimento en medio de la densa intemperie. El patriarca señala que el homicida, el adúltero y el ladrón aguardan las sombras de la noche para cometer sus perversidades, creyendo que ningún ojo los contempla. En su profundo desconsuelo, Job cuestiona por qué el Soberano del universo, teniendo bajo su dominio absoluto los anales de la historia, parece postergar los días de la vindicación final, permitiendo que el gemido de los heridos ascienda al cielo sin una respuesta inmediata y fulminante.
Esta desgarradora perplejidad evidencia el conflicto que experimenta una fe genuina cuando la injusticia terrenal nubla el discernimiento de los planes eternos. Job comprende que la impunidad del impío es efímera, pero le angustia la postergación aparente de la justicia divina. Esta encrucijada espiritual es un eco constante en las páginas de las Sagradas Escrituras. Siglos más tarde, el profeta Habacuc exclamó con idéntico dolor en Habacuc 1:2-3: «¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia?». Asimismo, en las revelaciones finales del tiempo del fin, las almas de los mártires claman bajo el altar en Apocalipsis 6:10: «¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?». Estas concordancias nos amonestan a comprender que el silencio del Creador no es señal de olvido ni de complicidad, sino el reflejo de una paciencia incomprensible que otorga espacio para el arrepentimiento antes de que caiga el veredicto final.
Este pasaje sacude profundamente nuestro testimonio y nuestra conducta en medio de las actividades de cada jornada. Al observar que el engaño, la opresión y la transgresión de los principios morales avanzan con total soltura en el entorno social, la mente es tentada por el desánimo o la amargura sutil. La frialdad espiritual nos tienta a cruzarnos de brazos frente al sufrimiento ajeno, refugiándonos en un aislamiento cómodo mientras aguardamos la bendecida esperanza del advenimiento. Las Escrituras nos instan a desterrar esa apatía de carácter. La piedad práctica nos llama a convertirnos en la extensión de las manos del Salvador, aliviando el dolor del menesteroso y defendiendo la verdad, plenamente confiados en que la historia humana corre hacia un desenlace de perfecta equidad.
En los testimonios inspirados se destaca el tierno cuidado del Señor hacia las oraciones de su pueblo afligido:
«Aunque el Omnipotente parezca guardar silencio y la maldad parezca triunfar, la mirada de nuestro tierno Redentor contempla cada lágrima y registra cada suspiro… El tribunal celestial no apresura sus juicios según las demandas humanas, sino que aguarda el momento perfecto para vindicar la justicia y liberar a los suyos de manera definitiva. La fe verdadera no flaquea ante la tardanza aparente de las respuestas, sino que se fortalece al descansar en la soberanía absoluta de Dios» (Elena G. de White, El conflicto de los siglos, p. 547).
Nuestra redención descansa de forma exclusiva en la obra intercesora de Jesús, quien en las horas solemnes del juicio investigador evalúa cada motivación humana y descorre los secretos de las tinieblas en el santuario celestial. Él comprendió a fondo el dolor de la opresión inocente al sufrir el escarnio y el desamparo total en el Calvario para firmar de manera irrevocable nuestro decreto de libertad eterna. La fe viva purifica las intenciones del alma y nos capacita para persistir en la rectitud de conducta en nuestras labores cotidianas. Por tanto, ante las injusticias de la rutina presente, la palabra profética más segura nos consuela con la promesa de Santiago 5:7: «Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía», confirmando que la aparente demora madura la fe de los santos.
Oración
Padre celestial, soberano, justo y consolador de los oprimidos, acudo ante tu presencia reconociendo las ocasiones en que mi mente se ha turbado y desanimado al contemplar el aparente triunfo del mal en mi caminar diario. Te pido perdón por mis quejas silenciosas y por dudar de tu justicia cuando callas ante el sufrimiento en mis actividades
cotidianas. Limpia mi corazón de toda indiferencia hacia el necesitado y dame el discernimiento espiritual para confiar en tus tiempos perfectos. Aviva mi fe, dame la paciencia para aguardar tus decretos y mantén mi mirada fija en la intercesión de mi Salvador, Cristo Jesús, en cuyo dulce nombre lo ruego. Amén.
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DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2026
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