15 de septiembre del 2026 | Devoción Matutina para Adultos 2026 | La única ancla en la fragilidad

«Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti» (Salmo 39:7, RV1960).

Los restauradores de puentes antiguos suelen revisar las vigas de madera que sostuvieron grandes estructuras durante décadas. Al raspar la superficie exterior, descubren con frecuencia que maderas gruesas que parecían indestructibles han sido carcomidas por el agua y los hongos hasta volverse polvo por dentro. Los ingenieros saben que ninguna obra apoyada en materiales perecederos resiste para siempre; por eso, al reconstruir los cimientos, retiran la madera desgastada y asientan el peso sobre pilares de roca maciza. Comprenden que sostener una carga pesada exige una base que el paso del tiempo no pueda destruir.
David llegó a una conclusión muy parecida al reflexionar sobre la brevedad de la vida y el afán humano. Abrumado por el sufrimiento y viendo con qué facilidad el ser humano cree tenerlo todo resuelto, el rey pidió entendimiento al cielo: «Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy» (Salmo 39:4). Comprendió la inutilidad de desgastarse acumulando posesiones que otros terminarán disfrutando, pues los años pasan como una sombra que pronto se desvanece. En lugar de aferrarse a lo pasajero, el salmista colocó su confianza únicamente en la fidelidad inmutable de Dios.
Esta realidad nos golpea cuando descubrimos las primeras canas frente al espejo, sentimos que el cuerpo ya no responde con la energía de antes o vemos a nuestros padres ancianos necesitar ayuda para caminar. Durante años solemos postergar la vida espiritual, convencidos de que siempre habrá tiempo de sobra para lo importante. De pronto, un diagnóstico inesperado o la partida de un conocido de nuestra misma edad nos abre los ojos. Notar con crudeza cómo la juventud y las fuerzas se escapan entre los dedos suele provocar un vacío amargo si no hemos construido nada para la eternidad.
Jesucristo abordó de frente esta ceguera cuando relató el caso de aquel terrateniente que, al ver sus campos colmados de grano, pensó que su porvenir terrenal estaba resuelto para siempre. El Maestro advirtió que de nada sirve ganar el mundo entero si se descuida el destino del alma. Dios no condena el trabajo ni la previsión honesta, pero llama insensato a quien vive de espaldas a la eternidad. Cristo mismo demostró que la verdadera riqueza es pertenecer al Padre; por eso prometió que todo aquel que crea en Él tendrá vida eterna y no perecerá jamás.
Elena G. de White resume con solemnidad el error de buscar seguridad en lo terrenal:
«Este hombre había escogido lo terrenal antes que lo espiritual, y con lo terrenal debía morir. […] No se aseguró lo único que hubiera sido de valor para él» (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 202, 203).
Poner hoy la esperanza en Dios implica reordenar nuestras prioridades diarias, llamar a ese ser querido que tenemos olvidado y dedicar tiempo a la oración sincera antes de que la rutina devore las horas.
El Creador que formó cada uno de tus días no te mira con reproche por ser frágil, sino con una ternura infinita de Padre. Él sabe que somos polvo y aun así nos amó tanto que dio a su Hijo para rescatarnos del olvido y de la muerte. No permitas que la prisa te robe lo único que verdaderamente permanece; rinde hoy tu vida ante Aquel que vence al tiempo y a la tumba. ¿Aceptarás en esta mañana la vida eterna que Jesús te ofrece con brazos abiertos?

Oración:
Padre celestial, hoy reconozco que mis días son como un soplo y que mis fuerzas se desgastan con los años. Perdona mi insensatez al vivir como si este mundo fuera mi morada definitiva. Llena mi vida con tu Santo Espíritu, enséñame a contar bien mis días y afianza mi salvación. En el nombre de Jesús, amén.
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DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2026



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