Miércoles 15 de julio del 2026 | Devoción Matutina para Adultos 2026 | ¡Yo sé que mi Redentor vive!

«Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios…» — Job 19:25-26

El decimonoveno capítulo de Job marca la cumbre espiritual de toda la experiencia del patriarca, abriendo una ventana profética en medio de la noche más densa de su existencia. Job inicia su réplica suplicando a sus compañeros que cesen de quebrantar su alma con palabras hirientes, denunciando que lo han vituperado diez veces sin el menor rastro de vergüenza. Describe su aislamiento de una manera profundamente conmovedora: sus conocidos lo olvidaron, sus criados lo tratan como a un extraño y hasta el hálito de su boca resulta repulsivo para su esposa. Sintiéndose proscrito por la sociedad, Job pronuncia un deseo vehemente: que sus palabras fuesen esculpidas con cincel de hierro en la roca para siempre. Es precisamente en ese abismo de abandono humano donde brota la declaración de fe más colosal de las Sagradas Escrituras: la certeza absoluta de que su Defensor eterno vive y que, tras el polvo de la muerte, resucitará para contemplar a su Creador con sus propios ojos.
Esta monumental proclamación desarticula la estrategia del enemigo de las almas en el conflicto cósmico. Satanás pretendía demostrar que un ser humano renegaría de la verdad al verse despojado de salud, posesiones y apoyo social; sin embargo, la fe de Job se eleva por encima de los límites de su piel deshecha. El patriarca introduce el concepto legal del Goel, el pariente redentor, aplicando este título a una figura celestial que vindicará su honor en el día final. Su confianza no descansa en una restauración material inmediata en su rutina terrenal, sino en el triunfo definitivo de la justicia divina sobre las garras de la muerte, convirtiendo el sepulcro en un simple descanso temporal previo a la manifestación gloriosa del Altísimo.
Este pasaje sacude fuertemente nuestro criterio cotidiano y el trato hacia nuestro entorno. En el vaivén de las ocupaciones, resulta tentador medir la espiritualidad ajena basándonos en el éxito financiero, el estatus profesional o el bienestar físico. Cuando presenciamos el declive económico de un allegado o una crisis de salud prolongada en la comunidad, la experiencia de Job nos amonesta a no edificar nuestra piedad diaria sobre las arenas movedizas de las circunstancias visibles o los sentimientos temporales, sino a levantar la mirada con santa serenidad hacia el santuario celestial, declarando con plena convicción que nuestro Abogado vive y se levantará con poder en nuestro favor.
En los escritos inspirados se destaca la trascendencia de esta gloriosa esperanza frente al sufrimiento humano:
«La fe de Job, que penetró a través de las tinieblas de la prueba hasta la luz de la gloria venidera, es la fe que el Señor requiere de su pueblo en este tiempo… Cuando el panorama de la vida diaria parece cubierto por las sombras del sepulcro, el creyente fiel tiene el privilegio de aferrarse a la promesa de la resurrección. Nuestro Redentor vive, y su victoria sobre la muerte es la mayor garantía de que ninguna de nuestras aflicciones presentes quedará sin vindicación» (Elena G. de White, Conflicto y valor, p. 122, adaptado de egwwritings.org).
Nuestra plena seguridad de salvación se encuentra resguardada de manera exclusiva en los méritos perfectos de Jesús, quien cumplió con exactitud la profecía de Job al encarnarse como nuestro hermano cercano, morir en la cruz y resucitar victorioso de la tumba. Él es el verdadero Goel, el Redentor viviente que hoy intercede como nuestro Sumo Sacerdote en el lugar santísimo y que muy pronto dejará el santuario para descender en las nubes de los cielos con poder y gran gloria. La fe verdadera actúa por el amor, purifica el alma de toda amargura y nos da el valor necesario para persistir en la rectitud ante cualquier prueba. Al fijar los ojos en Cristo, disipamos el temor a la fragilidad biológica y avanzamos en nuestras actividades cotidianas con la frente en alto.
Oración Padre celestial, soberano y fiel consolador, acudo ante tu presencia reconociendo las ocasiones en que el dolor, la enfermedad o la incomprensión han intentado apagar mi esperanza en mi caminar diario. Te pido perdón por mis dudas y por permitir que las sombras oculten la luz de tus promesas en mis actividades cotidianas. Te alabo porque sé con absoluta certeza que mi Redentor vive, y que su intercesión actual me sostiene frente a las acusaciones del enemigo. Concédeme la fe y la firmeza de Job para resistir en el crisol de la aflicción, sabiendo que mi vida está resguardada en tus manos y que muy pronto te veré cara a cara. En el dulce nombre de Jesús. Amén

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