Lunes 7 de septiembre del 2026 | Devoción Matutina para Adultos 2026 | En las mejores manos
«En tu mano están mis tiempos; líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores» (Salmo 31:15, RV1960).
En el taller de un maestro alfarero, una porción de arcilla gira sobre la rueda. A simple vista, el barro parece indefenso ante la presión continua de los dedos del artesano. Si la vasija pudiera hablar, tal vez pediría que se detuviera el movimiento o que se aliviara la fuerza que la moldea. Sin embargo, el artífice conoce la velocidad exacta del torno y el momento justo en que la pieza alcanzará su forma perfecta. El barro no necesita entender todo el proceso; solo necesita permanecer dócil en las manos de quien lo diseña con propósito.
El Salmo 31 es la sentida oración de David en un momento de gran vulnerabilidad y persecución. El salmista describe cómo el cerco de la maldad intentaba asfixiarlo: «Sácame de la red que me han escondido, pues tú eres mi refugio» (Salmo 31:4). Rodeado de murmuraciones y sintiéndose olvidado por sus conocidos como una vasija rota, el siervo de Dios decide apartar su mirada de las intrigas humanas para fijarla en el cuidado divino: «Mas yo en ti confío, oh Jehová; digo: Tú eres mi Dios» (Salmo 31:14). Entendió que su vida, sus horas y su destino final jamás estuvieron a merced de sus adversarios, sino bajo el soberano cuidado del Creador.
En el trato diario, ¡con cuánta facilidad nos invade la angustia por el futuro! Cuando sufrimos por un hijo que toma decisiones equivocadas y se aparta del camino del Señor, o cuando la estabilidad laboral parece tambalearse, la incertidumbre intenta robarnos la calma. Queremos resolverlo todo a nuestra manera, olvidando que los tiempos de Dios son perfectos y que su amor sigue obrando con paciencia en el corazón de nuestros seres queridos.
Durante su ministerio terrenal, el Señor Jesús vivió en perfecta sintonía con los tiempos fijados por el Padre. En las madrugadas solitarias en el monte, buscaba en oración la dirección divina antes de sanar multitudes, alimentar a los necesitados o confrontar el rechazo de los líderes religiosos. En cada pueblo y aldea, Cristo brindó refugio al marginado y paz al afligido. Hoy, como nuestro fiel Sumo Sacerdote en el santuario celestial, Jesús presenta nuestras súplicas ante Dios, y la bendita esperanza nos recuerda que muy pronto regresará victorioso para poner fin a toda injusticia y reunir a su pueblo.
Elena G. de White nos anima a descansar plenamente en la providencia divina:
«No hay nada que el Señor no sepa acerca de nuestras pruebas y dificultades […]. Nuestro Padre celestial tiene mil maneras de proveer para nosotros, de las cuales nada sabemos. Los que aceptan el principio de dar al servicio de Dios el lugar supremo, verán desvanecerse sus perplejidades» (El ministerio de curación, p. 382).
Confiar en Dios hoy significa poner nuestras incertidumbres en manos de Jesús, desechar el afán y actuar con bondad hacia quienes nos juzgan con dureza.
Tus días no están en manos del azar ni de las malas intenciones de otros. ¿Descansarás hoy con paciencia en el amor del Salvador que sostiene tu vida?
Oración:
Señor mi Dios, refugio eterno de mi alma, pongo en tus manos mi presente y mi porvenir. Perdona mi afán cuando intento apresurar las cosas por mi cuenta. Dame un corazón dócil, guarda mi vida de todo tropiezo y lléname con tu paz para servirte con fidelidad en este día. En el nombre de Jesús, amén.
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DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2026
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