31 de agosto del 2026 | Devoción Matutina para Adultos 2026 | El Soberano que reclama nuestro corazón

«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan» (Salmo 24:1, RV1960).

Cuando un mayordomo administra una gran propiedad, cuida cada rincón, vigila las cosechas y gestiona los bienes con esmero, pero nunca olvida un principio fundamental: nada de lo que tiene bajo su cuidado le pertenece en propiedad. En el instante en que comienza a tratarlos como suyos y a disponer de ellos para su propio beneficio, quiebra la confianza del dueño y arruina su vocación de servicio.
El Salmo 24 es un solemne cántico litúrgico que celebraba la entrada del arca del pacto a Jerusalén y proclamaba al Dios Creador como el legítimo Dueño del cosmos: «Porque él la fundó sobre los mares, y la afirmó sobre los ríos» (Salmo 24:2). Frente a la majestad divina, surge la pregunta capital sobre el santuario: «¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño» (Salmo 24:3-4).
Solemos actuar como si fuéramos los amos absolutos de nuestro tiempo, talentos y recursos. El apego a las posesiones, el orgullo por los logros alcanzados y la resistencia a rendir la voluntad ante Dios revelan cuánto nos cuesta aceptar que somos simples mayordomos. Administrar la vida al margen de su Creador entristece al Cielo y endurece el corazón.
Solo Jesús, el Justo perfecto, cumplió plenamente las exigencias del monte santo con manos limpias y corazón sin mancha. Tras vencer en la cruz y resucitar, el Rey de gloria ascendió a los atrios celestiales en medio de la aclamación angelical: «Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria» (Salmo 24:7). Como nuestro Mediador, Él nos viste hoy con su justicia para que podamos estar en pie ante el Padre. La bendita esperanza del segundo advenimiento nos anticipa el día solemne en que este mismo Rey regresará con poder y gloria para reunir a los redimidos en la patria celestial.
Elena G. de White subraya el señorío de Cristo sobre nuestra vida:
«No nos pertenecemos a nosotros mismos. Hemos sido comprados por precio […]. Todo lo que tenemos y lo que somos pertenece a Dios. Los talentos, el tiempo, la influencia y los recursos han sido confiados para su servicio» (Lecciones prácticas del Gran Maestro, p. 261).
Reconocer a Dios como Dueño de todo demanda consagrarle las facultades en cada decisión diaria: en la fidelidad de los diezmos y ofrendas, en la pureza de las palabras y en el trato honesto hacia el prójimo.
Si el Rey de gloria se acerca a tu vida en esta mañana, ¿abrirás de par en par las puertas de tu corazón para que reine sin reservas en ti?

Oración:
Señor todopoderoso, reconozco que todo lo que soy y poseo proviene de tu mano bondadosa. Perdona mi egoísmo y la autosuficiencia con que a veces administro tus dones. Purifica mis pensamientos y mis acciones, viste mi vida con la justicia de Jesús y reina hoy como único Soberano en mi corazón. En el nombre de Jesús, amén. ========================
DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2026



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