31 de agosto del 2026 | Devoción Matutina para Damas 2026 | La Corona de la Humildad

«Él recibirá la bendición del Señor; Dios su Salvador le hará justicia». (Salmo 24:5, NVI)

Cuando la reina Ester supo que su pueblo estaba condenado a morir, sintió un miedo comprensible. Entrar sin invitación ante el monarca persa podía costarle la vida. Sin embargo, no buscó salidas fáciles ni confió en su belleza o en su posición en el palacio. Pidió a sus compañeras que la acompañaran durante tres días en ayuno y ruego sincero al Señor. Despojada de todo orgullo, cruzó aquel pasillo real sabiendo que su única seguridad venía del Altísimo. Dios no solo preservó su vida y le dio el favor del rey, sino que transformó su fragilidad en una victoria maravillosa para miles de familias.
El Salmo 24 nos habla de la grandeza de Dios y nos invita a reflexionar en una pregunta muy honda: «¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su lugar santo? El de manos limpias y corazón puro» (Salmo 24:3-4, NVI). Al leer estas palabras, es común que mires hacia adentro y te sientas pequeña o insuficiente. A veces eres muy dura contigo misma; te reprochas los errores del pasado, dudas de tu valor y crees que Dios solo te mira con reproche. Esa voz interior que te juzga sin tregua te roba la alegría y te hace olvidar que el amor de Dios no depende de cuán perfecta pretendas ser.
El alivio para esa carga tan pesada llega cuando entiendes que la pureza que el Señor busca es una dádiva que Jesús coloca en ti. Elena G. de White lo explica de una manera conmovedora:
«Si os entregáis a él y le aceptáis como vuestro Salvador, por pecaminosa que haya sido vuestra vida, seréis contados entre los justos por sus méritos. El carácter de Cristo sustituye vuestro carácter, y sois aceptados delante de Dios como si no hubieseis pecado» (El camino a Cristo, p. 62).
El Salvador nunca te ha pedido que te presentes ante Él con un historial intachable construido con tus propios esfuerzos. Jesús te conoce por completo, sabe de tus noches de desvelo y entiende la tristeza que a veces no le cuentas a nadie. En lugar de rechazarte por tus debilidades, extiende sus manos heridas para cubrirte con su perdón y levantarte del suelo. Hoy puedes soltar esa necesidad de demostrar que puedes con todo. Cuando dejas de juzgarte con tanta severidad y descansas en la bondad del Maestro, tu corazón sana y vuelves a respirar con tranquilidad.
¿Te permitirás hoy soltar la culpa y recibir el abrazo restaurador que tu Salvador tiene para ti?

Oración:
Señor Jesús, hoy reconozco que muchas veces me he sentido indigna y cansada de juzgarme con tanta dureza. Perdóname por dudar de tu misericordia y por creer que debía ganar tu cariño. Te entrego mis errores, mis inseguridades y esa tristeza oculta que me quita la paz. Recíbeme en tus brazos, cubre mi vida con tu justicia y enséñame a caminar con la hermosa certeza de que soy tu hija amada, en tu santo nombre, Amén.

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DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2026



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