2 de febrero del 2026 | Devoción Matutina para Damas 2026 | Heridas

«Yo sé que soy pecador de nacimiento; pecador, desde que me concibió mi madre» (Salmo 51: 5).

Empezaban para mí las vacaciones de verano cuando me caí de la moto.
¡Sentí un dolor insoportable! Los servicios de emergencias me llevaron a la ciudad más cercana, a unos 100 km de distancia. La radiografía mostró que me había fracturado la escápula. Eso me obligó a pasar las vacaciones con el brazo inmovilizado. Así como el dolor físico que sentí era indicativo de que tenía un hueso roto, ciertas reacciones nuestras a las cosas que nos suceden en la vida adulta son indicativos de heridas emocionales que cargamos desde la infancia.
La autora Lise Bourbeau habla de las cinco heridas emocionales de la infancia que afectan nuestra vida adulta, y también comenta las máscaras o disfraces que creamos para esconder cada una de esas heridas. Así, la herida del rechazo genera escapismo; la del abandono, dependencia; la de la humillación, búsqueda de dolor; la de la traición, control; la de la injusticia, rigidez.
Comentemos algunas de ellas.
Que otras personas nos rechacen o que nos rechacemos a nosotras mismas (una herida profunda) genera incapacidad para amar a los demás. A los que fueron heridos por el rechazo les gustaría ser invisibles, huyen de los desafíos y generalmente son introspectivos. La herida del abandono genera personas necesitadas y solitarias. Las víctimas de la humillación suelen darlo todo de sí en lo que hacen y, al mismo tiempo, las persigue una sensación de vergüenza y un complejo de inferioridad. La traición impacta la confianza por causa de promesas o expectativas incumplidas. Las víctimas de una traición son personas que exigen mucho de sí mismas y de los demás, controladoras, que esconden sus debilidades y esperan mucho del futuro, lo que les impide aprovechar el presente. Quienes han sufrido una profunda injusticia se concentran en el deber y tienden a privarse de todo placer; son muy precisas y ostentan una postura rígida y orgullosa.
Liberarse de las heridas emocionales implica identificar esas heridas y confrontarlas (si fuera necesario, con la ayuda de un profesional). Así, las situaciones que antes generaban reacciones exageradas pueden llegar a desencadenar respuestas constructivas.
Además de las heridas emocionales, tenemos una herida mayor aún: la herida del pecado. La máscara o disfraz tras el que se esconde es la autosuficiencia, la cual impide la cura. Pero la buena noticia es que nuestro Sustituto ya hizo provisión para que seamos libertadas de la condenación y de la culpa que genera esta herida mortal. Y, cuando este planeta sea restaurado, estaremos completamente libres de la presencia del pecado; podremos vivir la vida eterna plenamente. ¿Aceptas esa cura?
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DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2026



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