23 de febrero del 2026 | Devoción Matutina para Damas 2026 | La fuente de ayuda

«Mi ayuda proviene del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Salmo 121: 2).

Cuando murió el profeta Samuel, toda la nación de Israel se congregó para llorarlo, y lo sepultaron en Ramá (ver 1 Samuel 25: 1). Como profeta y juez, Samuel había sido un gran hombre y, por ese motivo, el pueblo lloraba su muerte. Aquel fue un momento de profunda reflexión para todo Israel, mientras silenciosamente observaban el lugar de descanso del profeta.
Desde pequeño, Samuel había sido íntegro de corazón, fiel a Dios y obediente a su palabra. Por eso, aunque Saúl era el rey, el profeta seguía ejerciendo mayor influencia sobre el pueblo. Este, finalmente, se había dado cuenta del error fatal que habían cometido al pedir un rey como los que tenían las naciones vecinas. Ahora podían ver la decadencia espiritual que les había sobrevenido como consecuencia de las acciones de su dirigente máximo, el rey Saúl. ¿Cómo pudieron haber rechazado como gobernante a alguien que había tenido tan íntima conexión con el Cielo como Samuel?
Samuel había sido quien les había enseñado a amar y obedecer a Dios.
También había sido el fundador y director de las escuelas sagradas. Era a él a quien el pueblo acudía cuando enfrentaba dificultades, porque había sido él quien constantemente había intercedido ante Dios en favor de los intereses de ellos. Ahora, con su muerte, se sentían inseguros y abandonados. Justo cuando más necesitaban la serenidad y los consejos del profeta, Dios le dio reposo a su siervo, ya anciano. El rey era un hombre desequilibrado, al que le preocupaba más mantener la popularidad y el poder que ninguna otra cosa.
No había justicia en el reino; el caos acampaba a sus anchas.
David no pudo asistir al funeral del profeta al que amaba, pero derramó lágrimas copiosas y sentidas, como un hijo devoto lo haría por un padre afectuoso. David sabía que la muerte del profeta lo exponía aún más a la ira y al deseo de venganza del rey Saúl. Eso lo hizo sentir que su vida corría mayor peligro que antes. Mientras Saúl se ocupaba del funeral de Samuel, David buscó mayor seguridad huyendo al desierto de Parán. Fue allí donde compuso los salmos 120 y 121 (ver Comentario bíblico adventista, t. 3, pág. 919). En aquellas desoladas y áridas regiones, en profunda reflexión por la pérdida de su gran apoyo y por el aumento del peligro para su vida, cantó: «Mi ayuda proviene del Señor».
¿Estás viviendo un momento de angustia y pérdida? Recuerda, como David, de dónde viene la verdadera ayuda que nunca te fallará.
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DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2026



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