Notas de Elena | Miércoles 3 de abril 2019 | Transiciones | Escuela Sabática

Miércoles 3 de abril: Transiciones
Qué humillación representó para Pablo saber que todo el tiempo en que él usó sus facultades contra la verdad, pensando que estaba prestando un servicio a Dios, estaba persiguiendo a Cristo. Cuando el Salvador se reveló ante Pablo en los brillantes rayos de su gloria, quedó lleno de aborrecimiento por su obra y por sí mismo. El poder de la gloria de Cristo podría haberlo destruido; pero Pablo era un prisionero de esperanza. Quedó físicamente ciego por la gloria de la presencia de Aquel a quien había blasfemado; pero eso sucedió para que pudiera tener vista espiritual, para que pudiera ser despertado del letargo que había entorpecido y desvirtuado sus percepciones… Se veía a sí mismo como pecador, completamente perdido, sin el Salvador a quien había estado persiguiendo. En los días y las noches de su ceguera tuvo tiempo para reflexionar, y se rindió ante Cristo sintiéndose impotente y sin esperanza. Solo Cristo podía perdonarlo y revestirlo de justicia (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, pp. 1057, 1058).
Debemos recordar que el Señor está preparado para hacer grandes cosas por nosotros, pero nosotros debemos estar preparados para recibirlas vaciando el corazón de toda suficiencia propia y de toda confianza personal. Solo el Señor debe ser exaltado. «Yo honraré a los que me honran» dice él. 1 Samuel 2:30. No necesitamos preocuparnos de que nos reconozcan, porque «el Señor sabe quiénes son los suyos». Los que no confían en sí mismos, sino que consideran como precaución su propia obra, son aquellos a quienes el Señor revelará su gloria. Emplearán mejor las bendiciones que reciban (Cada día con Dios, p. 298).
Como el viento es invisible y, sin embargo, se ven y se sienten claramente sus efectos, así también obra el Espíritu de Dios en el corazón humano. El poder regenerador, que ningún ojo humano puede ver, engendra una vida nueva en el alma; crea un nuevo ser conforme a la imagen de Dios.
Aunque la obra del Espíritu es silenciosa e imperceptible, sus efectos son manifiestos. Cuando el corazón ha sido renovado por el Espíritu de Dios, el hecho se revela en la vida. Si bien no podemos hacer cosa alguna para cambiar nuestro corazón, ni para ponernos en armonía con Dios; si bien no debemos confiar para nada en nosotros mismos ni en nuestras buenas obras, nuestra vida demostrará si la gracia de Dios mora en nosotros. Se notará un cambio en el carácter, en las costumbres y ocupaciones. El contraste entre lo que eran antes y lo que son ahora será muy claro e inequívoco. El carácter se da a conocer, no por las obras buenas o malas que de vez en cuando se ejecuten, sino por la tendencia de las palabras y de los actos habituales en la vida diaria…
Los que llegan a ser nuevas criaturas en Cristo Jesús producen los frutos de su Espíritu: «amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, Fidelidad, mansedumbre, templanza». [Gálatas 5:22, 23]. Ya no se conforman con las concupiscencias anteriores, sino que por la fe siguen las pisadas del Hijo de Dios, reflejan su carácter y se purifican a sí mismos como él es puro (El camino a Cristo. pp. 57, 58).
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Notas de Elena G. de White
Lecciones de Escuela Sabática para Adultos
Lección 1: ara el 6 de abril de 2019
LOS RITMOS DE LA VIDA
2er. Trimestre 2019 – Las Etapas Familiares
Narración: Maira Fermin

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