Miércoles 7 de marzo 2018 | Devoción Matutina Damas

El nacimiento de Tori

DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2018 BENDECIDA Ardis Dick Stenbakken Lecturas Devocionales para Mujeres 2018

DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2018
BENDECIDA
Ardis Dick Stenbakken
Lecturas Devocionales para Mujeres 2018

“Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios” (Sal. 46:10).

La tarde que mi esposo me llevó hasta el hospital de nuestro pequeño pueblo rural, sentía mucha aprensión. Mi sentimiento no tenía fundamento, ya que aquel era mi tercer embarazo, y no habían tenido complicaciones con mis dos primeros partos. Además, mis dolores todavía no eran muy fuertes. ¿Por qué sentía temor?

Llegamos al hospital y pasé bien la noche. A eso de las cuatro de la mañana, las contracciones se hicieron más fuertes y, para las cinco, estaba de parto. Lamentablemente, el bebé estaba de nalgas. Cuando el joven médico trató de darle la vuelta, me causó el dolor más intenso que he sentido. Cada vez que él trataba de acomodar al bebé, yo gritaba.

Pero, a través del dolor, repetí vez tras vez el versículo de hoy: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios”. Aunque sentí un dolor extremo, seguí repitiendo ese versículo y me llené de una paz no humana. No parecía real. Cuando tenía una contracción, el latido del bebé disminuía considerablemente, indicando sufrimiento fetal. El joven médico finalmente llamó a otro doctor, que tenía una trayectoria de treinta años y había traído al mundo a muchísimos bebés. Él decidió que había que realizar una cesárea de inmediato.

En ese momento, todas las enfermeras del hospital eran voluntarias, y la única enfermera quirúrgica, a quien necesitábamos para mi cesárea, vivía a unos ochenta kilómetros del hospital. Era marzo, y los caminos estaban resbalosos y llenos de nieve. Así que, tuvimos que esperar a que ella llegara y se preparara para poder entrar en el quirófano antes de comenzar con la cirugía.

Mientras tanto, los dolores de parto no cesaban. Con cada contracción, los latidos de mi bebé disminuían. A pesar del intenso dolor, “mi” versículo permanecía en mi mente y sentí paz frente a todo lo que sucedería. Sabía que el Señor estaba al control y que, sin importar el resultado, estaría bien, porque él estaba a cargo.

Finalmente, pudieron hacer la cesárea. Me dieron anestesia total y, cuando desperté, todavía sentía esa paz. “Sabía” que mi bebé había muerto y que había sido un varón (mi esposo había anhelado un varón); pero me sentía en paz. Esperé a mi esposo. Cuando llegó, estaba llorando lágrimas de gozo y alivio.

—Tenemos una niña —me dijo—, ¡y está bienl

¡Mi Dios es tan bueno! La llamamos Victoria; ¡ella realmente es victoriosa! Es nuestro bebé milagro. “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios”.

GAYLE A. KILDAL

es asistente administrativa en un centro de formación profesional y escribe desde un pequeño pueblo de Alaska, EE. UU.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2018

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