Miércoles 28 de enero del 2026 | Devoción Matutina para Damas 2026

Portada - Devoción Matutina Damas 2026

Portada – Devoción Matutina Damas 2026

El nacimiento de una misionera

«Pero el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed Jamás» (Juan 4: 14).

La llamaremos Isabel. Era una mujer triste, que llenaba sus vacíos entregándose a los hombres. Ya había tenido cinco esposos y ahora estaba viviendo una aventura. Al igual que Isabel, hay mujeres inteligentes, profesionales, bien vestidas, de cabello siempre impecable, que, tras la fachada, esconden dolor y amargura. Están en relaciones frustrantes porque sus pesadas cargas o ahuyentan a sus compañeros o las llevan a elegir mal. Cristo tiene algo especial para esas mujeres.
Según el texto bíblico, Jesús venía de Judea, donde había sido rechazado por los fariseos, y decidió pasar por Samaria. Al mediodía, llegó al pueblo de Sicar, donde estaba el pozo de Jacob. Mientras los discípulos iban a comprar comida, el Maestro se sentó junto al pozo, pues estaba cansado y con sed.
Entonces llegó ella, que, absorta en sus dolores, no advirtió la presencia de Jesús. Llenó su cántaro y ya se estaba yendo cuando, de pronto, el desconocido le pidió agua. En el Antiguo Cercano Oriente, negar ese favor sería deshonroso. Sin embargo, ella era samaritana, una cultura odiada por los judíos. Y Jesús era judío.
Sorprendida, ironizó sobre la «valentía» de Jesús al pedirle agua. Con palabras bondadosas, él le mostró que, a pesar de ser judío, tenía algo grandioso para ofrecerle. Isabel percibió algo solemne en aquel sediento viajero. Cuando este le dijo que solo él tenía el agua que podía llenar su sed, ella le pidió de esa agua, pero, antes de recibirla, debía reconocer su pecado y a su Salvador. «Ve a llamar a tu esposo y vuelve», le dijo Jesús. Como ves, el Maestro la abordó de manera gradual: no fue directo a la herida. Primero se acercó, se ganó su confianza y, en el momento oportuno, le señaló el remedio antes de señalarle su pecado.
Inicialmente, Isabel evitó hablar de sí misma; pero, con la conciencia despertada hacia Aquel que leía sus secretos, alivió la sed de su alma. Nació de nuevo, renovó su mente y purificó su corazón. ¡Una misionera acababa de nacer!
Dejando el cántaro, corrió a la ciudad para comunicar a otros la luz recibida.
Estos fueron a escuchar a Jesús y creyeron en él. Ella «demostró ser una misionera más eficaz que los propios discípulos. […] Por medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llegó a oír del Salvador. Ella llevó en seguida la luz a sus compatriotas» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 19, pág. 171).
¿Has bebido tú también de esa agua? ¡Llévala en seguida a tus compatriotas!
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