Martes 11 de enero 2022 | Devoción Matutina para Menores 2022

DEVOCIÓN MATUTINA PARA MENORES 2021
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Lecturas Devocionales para niños 2022

El pez alcancía

«Pero bendito el hombre que confía en mí, que pone en mí su esperanza». Jeremías 17: 7

Esta es la historia bíblica del pez más famoso de la historia. Cómo llegó la moneda hasta la boca del pez y luego hasta que Pedro la sacó de allí, es algo que quiero preguntarle a Jesús en el cielo. ¿Cómo hizo el pez para atrapar el anzuelo, si tenía una moneda en su boca? Una vez más, nuestro Maestro utilizó elementos cotidianos para realizar un milagro.
Doy gracias a Dios porque Mateo registró en la Biblia este milagro tan extraordinario, pues nos muestra una faceta material de la vida cotidiana de Jesucristo, del día a día que vivía como cualquier ciudadano.
Cada año, en el mes de Adar, cada judío mayor de veinte años debía pagar dos dracmas para el mantenimiento del templo. Como Hijo de Dios, Jesús no tenía que pagar ese impuesto para el templo de su Padre. Pero él, con el corazón tan lleno de amor, se preocupó más por no herir o confundir a los que lo seguían, que por defender su derechos.
Me encanta imaginar a Pedro haciendo lo que Jesús le pide. Ya lo había hecho otras veces y había presenciado milagros, y esta vez no iba a ser la excepción. En pocos segundos un vivaz pescadito con una moneda en la boca se movía entre sus manos. Ahí tenía el equivalente al pago de cuatro días de trabajo, lo necesario para pagar su impuesto y el de Jesús.
El Creador del cielo y la tierra había hecho provisión. Hoy también podemos confiar, porque él sigue proveyendo. ¿Qué necesitas?
De pequeña nunca me faltó nada. Quizá había niños que tenían más cosas que yo, pero yo era feliz con mis juguetes y mis mascotas: Cacique, mi perrito, y Caty y Mocho, mis gatitos. No se me hubiera ocurrido pedir nada más. Hasta que un día pedí a Jesús algo con todo mi corazón… Íbamos con mis papis y mi abuelita a pasear en nuestra camioneta. Yo tenía siete años. Y, como pensaba que mi abuelita era muy viejita y por lo tanto no tendría fuerzas para cerrar la puerta, me ofrecí a ayudar. La mala suerte fue que, mientras cerraba con una mano, la otra estaba puesta en la bisagra de cierre. ¡Qué dolor! Hasta se me cayó la uñita días después. ¿Qué necesitaba?
Que no me doliera tanto. Y sí, Jesús proveyó calma y consuelo cuando se lo pedí. Confía hoy en ese amoroso Amigo.

Mirta

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