Domingo 27 de julio 2025 | Devoción Matutina para Adultos 2025

DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2025 CON JESÚS HOY Roberto Badenas Lecturas Devocionales para Adultos 2025

DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2025
CON JESÚS HOY
Roberto Badenas
Lecturas Devocionales para Adultos 2025

No llores

JULIO: COLABORANDO POR UN MUNDO MEJOR

«Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, que era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: «No llores»» (Lucas 7: 11-13).

Jesús encuentra en su camino un cortejo fúnebre especialmente triste. Una viuda que acaba de perder a su único hijo sigue al féretro llorando desconsolada. En aquellos tiempos en que las mujeres dependían tanto para su sostén de su marido o de sus hijos, se sobreentiende que esta viuda se ha quedado completamente sola, sin ningún apoyo en la vida. Sensibles a su dolor, todos sus vecinos la acompañan.
Conmovido por la desgracia de la viuda, sin que ella le pida nada, Jesús detiene la comitiva y devuelve la vida al joven huérfano. El texto relata que, tras decirle «No llores», el Maestro «se lo entregó a su madre», devolviéndole con él la vida y la esperanza.
Los presentes reconocen que, al reunir de nuevo a esta familia rota, en Jesús «Dios ha visitado a su pueblo». Porque Dios es, por definición, el que «sostiene al huérfano y a la viuda» (Sal. 146: 9).
Los seguidores de Jesús, que hemos tomado su relevo en este mundo de dolor, también nos encontramos cada día con jóvenes, madres, padres, niños o ancianos, a «mucha gente de la ciudad», camino del cementerio. Hombres y mujeres como nosotros, si no todos atribulados por la muerte de algún ser querido, al menos golpeados por desgracias personales, enfermedades, accidentes, pandemias, rupturas, abandonos y desarraigos familiares.
Contagiados por la compasión de Jesús, que nos impulsa a «acercarnos» a los dolientes y «tocar» a las víctimas, también es nuestro deber decirles «no llores», y aportarles un rayo de esperanza.
Nosotros también estamos llamados a ser mensajeros de consuelo y reconciliación.
A tratar siempre de recomponer vidas rotas, consolar y aliviar a los que sufren, a los desafortunados y los más débiles, y a potenciar la vida generando amor.
Como portadores de esperanza, aprendemos en este relato que, más que explicar, condenar o deplorar las tremendas desgracias que afligen a la humanidad, nuestra misión es comunicar la ternura de Cristo a las personas necesitadas que encontramos en nuestro camino, con palabras adecuadas y gestos eficaces.
Dame fuerzas para hacer mi parte. Sé que tú te ocuparás de los milagros, si proceden.
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