Jueves 5 de febrero del 2026 | Devoción Matutina para Damas 2026

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Mi mayor enemigo

«No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco» (Romanos 7: 15).

Floyd Patterson fue el primer boxeador de la historia en convertirse en bicampeón mundial de los pesos pesados. Fuera del cuadrilátero, luchó contra la segregación racial en Estados Unidos. Era un hombre cordial, que no se alegraba del infortunio ni siquiera de un enemigo. Por causa de sus luchas internas, hubo quienes le pusieron el sobrenombre de «Freud Patterson».
Para él, perder un combate de boxeo era una experiencia dolorosa, humillante e insoportable. Antes de cada pelea, hacía planes de fuga por si perdía: llevaba una barba o unos bigotes postizos y se iba con otra identidad para no tener que dar la cara ante nadie tras la derrota.
En su primera memorable pelea contra Sonny Listan, Floyd perdió por nocaut en dos minutos y seis segundos. Poco después, estaba en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, totalmente disfrazado.
En Madrid se registró en un hotel con seudónimo, salió a la calle disfrazado con un bastón y fingiendo cojear y, la mayoría de las comidas, las hizo en su habitación. La única vez que fue al restaurante pidió sopa, aunque la odiaba, solo para ser coherente con su disfraz de anciano. Años más tarde, Patterson afirmó: «Necesitamos entender qué es lo que lleva a un hombre a hacer cosas así. Yo creo que, dentro de mí, dentro de cada ser humano, hay una cierta debilidad que se revela mejor cuando estamos solos. Yo conseguí entender parte de los motivos que me llevan a hacer lo que hago, y no puedo vencer a ese sujeto que soy yo mismo, porque soy un cobarde».
Floyd Patterson se sentía un cobarde. ¿Y quién no se ha sentido avergonzado al confrontarse con sus propias debilidades? Como cristianas, tenemos una desafiante lucha interior: sabernos imperfectas a pesar de que deseamos ser diferentes.
Si no existiera un modelo a seguir, no existiría lo correcto y lo equivocado y cualquier comportamiento sería aceptable; pero existe una ley que nos muestra nuestros errores. Necesitamos reconocer nuestra naturaleza pecaminosa teniendo claro que la paga del pecado es la muerte eterna, ¡pero que ese precio ya fue pagado por Cristo! ¡Cristo! ¡Esa es nuestra única solución! Cuanto más contemplemos a Cristo, quien nos dio la victoria, más cerca estaremos de aquello que deseamos ser: semejantes a él.
¿Cómo lidias con tu mayor enemigo? ¡Apodérate hoy de la victoria que nos fue garantizada en la cruz!

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