9 de mayo | Devocional: Exaltad a Jesús | No haya otros dioses

No tendrás dioses ajenos delante de mí. Éxodo 20:3.

Cristo dio su vida para que todos los que quisieran pudieran ser libres del pecado y restablecidos al favor del Creador.

Fue el gozo anticipado de un universo redimido y santo lo que indujo a Cristo a realizar este gran sacrificio. ¿Somos seguidores de Dios, como hijos amados, o somos siervos del príncipe de las tinieblas? ¿Somos adoradores de Jehová, o de Baal; del Dios viviente, o de los ídolos?

Puede ser que no se vea ningún altar, y que el ojo sea incapaz de observar una imagen, y sin embargo que estemos practicando la idolatría. Es igualmente fácil hacer un ídolo de ideas u objetos acariciados como fabricar dioses de madera o piedra. Miles de personas tienen un concepto falso acerca de Dios y sus atributos. Están sirviendo a un Dios falso tan ciertamente como lo hacían los servidores de Baal. ¿Estamos nosotros adorando al Dios verdadero tal como se lo revela en su Palabra, en Cristo y en la naturaleza, o más bien adoramos a un ídolo filosófico venerado en su lugar? Dios es un Dios de verdad. La justicia y la misericordia son los atributos de su trono. El es un Dios de amor, de piedad y tierna compasión. Así es como lo representa su Hijo, nuestro Salvador. Es un Dios de paciencia y longanimidad. Si así es el ser a quien adoramos y cuyo carácter estamos tratando de asimilar, entonces estamos adorando al Dios verdadero.

Si seguimos a Cristo, sus méritos nos son imputados, y ascienden delante del Padre como un olor suave, esparciendo a nuestro alrededor una fragancia preciosa. El espíritu de amor, mansedumbre y renunciación que caracterice nuestra vida tendrá poder para suavizar y subyugar los corazones endurecidos y ganar para Cristo a amargos opositores de la fe.

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”. Filipenses 2:3-4.

La vanagloria, la ambición egoísta, es la roca contra la cual han naufragado muchas almas y muchas iglesias se han vuelto impotentes. Los que menos conocen de devoción, los que están más desconectados de Dios, son los que con mayor empeño buscan el lugar más elevado. No tienen ningún sentido de su debilidad ni de sus deficiencias de carácter… El alma que contempla constantemente a Jesús verá su amor abnegado y su profunda humildad, e imitará su ejemplo. El corazón debe limpiarse de orgullo, ambición, engaño, odio y egoísmo. Muchas personas han subyugado parcialmente estos rasgos negativos, pero no los han desarraigado completamente del corazón. Cuando las circunstancias son favorables vuelven a crecer y a madurar en una rebelión contra Dios. En esto hay un peligro terrible. No eliminar algún pecado significa acariciar un enemigo que sólo espera un momento de descuido para causar nuestra ruina… La gracia divina es nuestra única esperanza.—Testimonies for the Church 5:173-175.

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DEVOCIONAL

EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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