9 de enero 2022 | Devoción Matutina para Damas 2022 | Los apodos de Dios

«Así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: “No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú”» (Isa. 43:1).

Cuando éramos niñas, mi hermana melliza no podía pronunciar bien mi nombre. En lugar de llamarme Vanesa, me llamaba Peta. Aun ahora, muchos años después, mi familia me sigue diciendo Peta. Oír este apodo evoca tantos recuerdos…: el perfume de la retama del patio, los agobiantes veranos de Buenos Aires y el pregón del vendedor ambulante: «¡Sandía, calada la sandíaaaaal». Un apodo es el resumen de una historia compartida, un guiño de complicidad.
La Biblia tiene muchos ejemplos de personas a las que Dios les dio un nombre nuevo para conmemorar un cambio importante. Abram se convirtió en Abraham y Saraí en Sara. Jacob se convirtió en Israel y Simón en Pedro. Pero la Biblia también tiene ejemplos de personas que le dieron un apodo a Dios. Abraham lo llamó «el Señor proveerá» (Yahweh-jireh) cuando Dios proveyó el carnero para ser sacrificado en lugar de Isaac. David dijo: «El Señor es mi pastor» (Yahweh-rohí), comparándolo con su trabajo como pastor de ovejas. Agar lo llamó: «El Dios que me ve» (El-roi), el Dios que se fija hasta en la aflicción de una esclava.
Estamos tan familiarizadas con estos nombres que olvidamos que antes de entrar en el canon bíblico no fueron más que apodos, resúmenes de una vivencia única entre el Creador y la criatura. Si tuvieras que ponerle tú un apodo a Dios, para conmemorar algo, ¿cómo lo llamarías? Yo lo llamo «el Reciclador insuperable»: Dios puede tomar lo peor de mi vida, de mi pasado o de mis decisiones y crear belleza. Allí donde huele a estiércol, Dios fertiliza. Allí donde soy débil, Dios siembra para su gloria. También lo llamo «el Sustentador de mi destino», quien me recuerda que la batalla le pertenece a él, no a mí; quien abre ríos en sequedales y trae vida a mis valles de huesos secos. Yo lo llamo «el Tierno», pues hace que mis amigas me llamen por teléfono cuando me siento triste.
Dios no quiere una relación formal y distante contigo, sino una tan cercana que puedan compartir apodos.

Señor, gracias por ser el reciclador insuperable; por ser quien redime
mis errores y mi pasado, quien me devuelve los años devorados por el miedo
y la soledad. Gracias por ser el sustentador de mi destino, quien pelea
mis batallas y defiende mi honor. Gracias por ser tierno; por usar
cada detalle para recordarme cuánto me amas.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2022



(1888)

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