9 de agosto | Devocional: Exaltad a Jesús | Vencedor sobre el poder de las tinieblas

Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Gálatas 6:14.

Cristo dejó su lugar en los atrios celestiales y vino a esta tierra a vivir la vida de los seres humanos. Hizo este sacrificio para mostrar que es falsa la acusación de Satanás contra Dios: esto es, que es posible que el hombre obedezca las leyes del reino de Dios. Cristo, siendo igual con el Padre, honrado y adorado por los ángeles, se humilló por nosotros y vino a esta tierra a vivir una vida de humildad y pobreza: vino a ser un varón de dolores, experimentado en quebranto. Sin embargo, el sello de la divinidad estaba sobre su humanidad. Vino como un Maestro divino para elevar a los seres humanos, para aumentar su eficiencia física, mental y espiritual.

No hay nadie que pueda explicar el misterio de la encarnación de Cristo. Con todo, sabemos que vino a esta tierra y vivió como un hombre entre los hombres. El hombre Cristo Jesús no era el Señor Dios Todopoderoso, sin embargo Cristo y el Padre son uno. La Deidad no desapareció bajo la angustiosa tortura del Calvario, sin embargo no es menos cierto que “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

Satanás procuró evitar, en todas las formas posibles, que Jesús desarrollara una niñez perfecta, una edad viril intachable, un santo ministerio y un sacrificio inmaculado; pero fue derrotado. No pudo inducir a Cristo a que pecara. No pudo desanimarlo ni apartarlo de la obra que había venido a hacer en esta tierra. La tormenta de la ira de Satanás lo azotó desde el desierto hasta el Calvario; pero cuanto más implacable era, tanto más firmemente se aferró el Hijo de Dios de la mano de su Padre, y avanzó por el ensangrentado sendero.—Comentario Bíblico Adventista 5:1104.

Cristo fue crucificado, y con su muerte parecieron triunfar los poderes del infierno. Sin embargo, aun cuando el Salvador exclamó en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” era el conquistador del poder de las tinieblas. Cuando de sus labios pálidos y temblorosos se escucharon las palabras: “Consumado es”, una oscuridad semejante a la de medianoche escondió su agonía de los ojos de los espectadores. La multitud burlona había mirado su agonía durante horas. Ahora el manto de Dios lo ocultaba misericordiosamente.

En el momento de su muerte se produjo un violento terremoto. La gente, sacudida, cayó a montones. En seguida se produjo una confusión y una consternación increíble. Se desprendieron rocas enormes en las montañas vecinas y descendieron a los valles arrasándolo todo. Parecía que la creación se despedazaba. Parecía como si la misma naturaleza protestara contra el asesinato del Hijo de Dios.

La muerte de Cristo en la cruz pagó el rescate por todos los seres humanos. Todos pueden salir vencedores, porque Cristo hizo expiación de los pecados de todo el mundo. A todos les ofrece el poder de la gracia redentora.—Manuscrito 140, 1903.

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DEVOCIONAL: EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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