8 de octubre | Devocional: Una religión radiante | Alegría en la fiesta de la Pascua

«Los israelitas que se encontraban en Jerusalén celebraron la fiesta de los panes sin levadura durante siete días con gran entusiasmo, mientras los sacerdotes y levitas alababan diariamente al Señor con sonoros instrumentos. […]Luego toda la asamblea decidió prolongar la fiesta otros siete días, que celebraron con alegría». 2 Crónicas 30: 21-23, LPH

EN SU DETERMINACIÓN para que los servicios del templo fueran realmente una bendición para el todo el mundo, Ezequías decidió resucitar la olvidada práctica de convocar al pueblo para celebrar la fiesta de la Pascua. […]

El día señalado se celebró la Pascua, y el pueblo dedicó la semana a presentar ofrendas de paz y a buscar el conocimiento de la voluntad de Dios. Diariamente todos recibían instrucción de los levitas que «habían tenido una buena disposición para servir al Señor». Y los que habían preparado su corazón para buscar a Dios hallaban perdón. Una gran alegría se posesionó de la multitud que adoraba, y «los levitas y los sacerdotes alababan al Señor todos los días, y le entonaban cantos al son de sus instrumentos musicales» (2 Crón. 30: 22, 21, NVI); pues el deseo de alabar a Aquel que tan misericordioso había sido con ellos era unánime.

Los siete días señalados para la Pascua parecieron transcurrir con demasiada rapidez, y los adoradores decidieron dedicar una semana más a profundizar en el conocimiento de los caminos del Señor. Los sacerdotes que los instruían, basados en el libro de la ley, continuaron haciéndolo. El pueblo se congregaba diariamente en el templo para ofrecer su tributo de alabanza y agradecimiento; de manera que al acercarse el fin de la gran celebración, quedó de manifiesto que el Señor había actuado poderosamente para convertir a la apóstata Judá y para detener la marea de idolatría que amenazaba con arrasarlo todo. Las solemnes advertencias de los profetas no habían sido pronunciadas en vano. «Hubo, pues, mucha alegría en Jerusalén, porque desde los tiempos de Salomón, hijo de David y rey de Israel, no había ocurrido nada semejante en Jerusalén» (vers. 26, DHH).— Profetas y reyes, cap. 28, pp. 226-227.

MI RELEXIÓN PERSONAL

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DEVOCIONAL: UNA RELIGIÓN RADIANTE

Reflexiones diarias para una vida cristiana feliz

Elena G. de White

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