8 de febrero | Devocional: La maravillosa gracia de Dios | Una procesión real

Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna. Zacarías 9:9.

Quinientos años antes del nacimiento de Cristo, el profeta Zacarías predijo así la venida del Rey de Israel… Cristo seguía la costumbre de los judíos en cuanto a una entrada real… No bien se hubo sentado sobre el pollino cuando una algazara de triunfo hendió el aire. La multitud le aclamó como Mesías, como su Rey… No podían encabezar la procesión triunfal con estandartes reales, pero esparcían palmas, emblema natural de victoria, y las agitaban en alto con sonoras aclamaciones y hosannas…

Nunca antes en su vida terrenal había permitido Jesús una demostración semejante. Previó claramente el resultado. Le llevaría a la cruz. Pero era su propósito presentarse públicamente de esta manera como el Redentor. Deseaba llamar la atención al sacrificio que había de coronar su misión en favor de un mundo caído…

Nunca antes había visto el mundo tal escena de triunfo. No se parecía en nada a la de los famosos conquistadores de la tierra. Ningún séquito de afligidos cautivos la caracterizaba como trofeo del valor real. Pero alrededor del Salvador estaban los gloriosos trofeos de sus obras de amor por los pecadores. Los cautivos que él había rescatado del poder de Satanás alababan a Dios por su liberación. Los ciegos a quienes había restaurado la vista abrían la marcha. Los mudos cuya lengua él había desatado voceaban las más sonoras alabanzas. Los cojos a quienes había sanado saltaban de gozo… Los leprosos a quienes había limpiado extendían a su paso sus inmaculados vestidos y lo saludaban como Rey de gloria… Lázaro, cuyo cuerpo se había corrompido en el sepulcro, pero que ahora se gozaba en la fuerza de una gloriosa virilidad, guiaba la bestia en la cual cabalgaba el Salvador…

Tal escena de triunfo estaba determinada por Dios mismo. Había sido predicha por el profeta, y el hombre era incapaz de desviar el propósito de Dios.—El Deseado de Todas las Gentes, 523-527.

 

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DEVOCIONAL

LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS

Elena G. de White

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