7 de octubre | Devocional: Alza tus ojos | Confíen en la palabra de Dios

La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Salmos 19:7.

Podemos con provecho estudiar el registro de la preparación efectuada por la congregación de Israel para escuchar la ley…

La Ley del Señor es una copia de su carácter. Sus santos preceptos fueron enunciados desde el Sinaí por la voz misma de Dios, y fueron escritos con su dedo sobre las tablas de piedra. Se mantienen en vigor, llevando en sí la impresionante y clara significación de su suprema importancia. Significan vida para los obedientes y muerte para los desobedientes.

A través de los siglos, la Ley de Dios se ha preservado como la norma más elevada de moralidad. Ninguno de todos los inventos de la ciencia, resultado de las imaginaciones de las mentes productivas, ha podido descubrir un deber esencial que no esté incluido en este código.

La Ley de Dios es la seguridad de la vida, de los bienes, de la paz y la felicidad. Fue dada para asegurar nuestro patrimonio presente y eterno. Los antediluvianos la transgredieron y la tierra fue destruida por el diluvio.

Ningún hombre, mediante presentaciones científicas, guíe las inteligencias a apartarse de lo real hacia lo imaginario. Dios llama a hombres que, en medio de la idolatría que se le rinde a la naturaleza, dirijan sus miradas al Dios de la naturaleza. El Señor utiliza la naturaleza como una sierva, con el fin de revelar su poder. Estas cosas, objetos de su creación, manifiestan la obra de sus manos. De todo lo que El ha creado, el hombre, la obra máxima de su creación, es el que más tremendamente lo ha deshonrado. En el juicio, los seres humanos aparecerán delante de Dios avergonzados y condenados, porque aunque se les dio inteligencia, raciocinio y la facultad del habla, no obedecieron la ley del Altísimo…

Satanás tiene alumnos, y les está enseñando sus métodos para que realicen su obra solapadamente. Su familia es numerosa. En sus manos el crimen ha llegado a ser una ciencia cruel. Destruir es el lema del archiengañador. Ha colocado muchas trampas para las almas desprevenidas. Los que han respondido durante tanto tiempo a sus planes ingeniosos ahora parecen no tener poder para romper el hechizo del cual son presa.

Cuando los dirigentes del pueblo de Dios se apartan de los principios, y traen deshonra a su causa, su pecado es mayor que el pecado de aquéllos cuyas oportunidades y privilegios han sido menores…

El hombre es sólo eso, un hombre. Las palabras que salen de sus labios no han de ser consideradas como provenientes de Dios. A menos que Dios permanezca al lado de ellos en su servicio, y trabaje con ellos, no son nada. Es el colmo de la insensatez que el pueblo de Dios ponga su confianza en los hombres y haga de la carne su brazo derecho.—Manuscrito 119, del 7 de octubre de 1903, “Enseñanzas de Israel”.

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DEVOCIONAL: ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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