7 de febrero | Devocional: Alza tus ojos |  La Biblia: Palabra de Dios para mí

«Escudriñad, las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí». Juan 5: 39

ESCUDRIÑAD LAS Escrituras» (Juan 5: 39), dijo Jesús. Si fuera esencial que escudriñáramos los escritos de los Padres de la Iglesia, el Señor nos lo habría dicho. No todos aquellos Padres decían lo mismo. ¿A cuál de ellos entonces tendríamos que escoger como guía? No necesitamos confiar en algo incierto. Podemos dejar de lado a los Padres de la Iglesia cristiana y aprender acerca de Dios directamente de su propia Palabra. «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero» (Juan 17: 3). ¡Cuán agradecidos debiéramos estar de que la Biblia es la inspirada Palabra de Dios! Los santos hombres de antaño escribieron esta Palabra «impulsados por el Espíritu Santo» (2 Ped. 1: 21, NVI). Dios no dejó su Palabra al albur de la memoria humana y que fuera transmitida de generación en generación por transmisión oral y según el desarrollo de la tradición. Si así lo hubiera hecho, la Palabra se hubiera ido cargando gradualmente de añadiduras humanas, y se habría requerido que recibiéramos lo que no es inspirado. Demos pues muchas gracias a Dios por- su Palabra escrita.

No todos los comentarios, que se han escrito sobre la Palabra de Dios, coinciden. A menudo resultan contradictorios. Así que el Señor no nos pide que nos guiemos por ellos, sino por su propia Palabra. Todos pueden investigar esta Palabra por sí mismos, sabiendo que las enseñanzas del Sagrado Libro son invariables. Las opiniones de los seres humanos difieren, pero la Biblia siempre dice lo mismo. La Palabra de Dios ha sido para todas las edades y es para siempre.

La Biblia no fue encomendada únicamente a los ministros del evangelio ni a los eruditos. Todo hombre o mujer, joven o niño, debiera leer las Escrituras por sí mismo, y no depender ningún ministro de la religión para que se la comunique. La Biblia es la Palabra de Dios para todos y cada uno de nosotros. El pobre la necesita tanto como el rico, el iletrado en la misma medida que el intelectual. Cristo hizo tan sencilla esta Palabra, que al leerla nadie tiene por qué confundirse. El morador de la más humilde choza está capacitado para leer y entender la Palabra dada por el mayor y más sabio Maestro de los maestros que el mundo ha conocido; y no habrá nadie, entre los reyes, gobernantes, estadistas y los mayores eruditos del mundo, que pueda superarlo. […]

Escudriñar significa buscar diligentemente algo que no se ve a primera vista. Investiguen por ustedes mismos para hallar el tesoro oculto. No lo dejen ni al ministro o pastor ni a ninguna otra persona. Nadie puede permitirse ser ignorante en la Palabra de Dios. Hay que estudiar los pasajes difíciles, comparando versículo con versículo, y así descubrirán que la propia Escritura es la llave que abre la Escritura. Los que estudian las Sagradas Escrituras con oración salen de ese estudio siendo más sabios que cuando abrieron la Biblia.— Manuscrito 12, 7 de febrero de 1901, «El agua de vida».

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