7 de abril | Devocional: Hijos e Hijas de Dios | La verdadera paz

«Por nada estéis angustiados, sino
sean conocidas vuestras peticiones
delante de Dios en toda oración y ruego,
con acción de gracias. Y la paz de Dios,
que sobrepasa todo entendimiento, guardará
vuestros corazones y vuestros pensamientos
en Cristo Jesús» . Filipenses 4: 6-7

CUANDO RECIBIMOS A CRISTO como huésped permanente en el alma, la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guardará nuestro espíritu y nuestro corazón en Cristo Jesús. La vida terrenal del Salvador, aunque transcurrió en medio de conflictos, estaba llena de paz. Aun cuando lo acosaban constantemente enemigos airados, dijo: «El que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8: 29). Ninguna tempestad de la ira humana o satánica podía perturbar la calma de aquella completa comunión con Dios. Y él nos dice: «La paz les dejo; mi paz les doy». «Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma» (Juan 14: 27; Mat. 11: 29, RVC). Lleven conmigo el yugo de servicio para gloria de Dios y enaltecimiento de la humanidad, «y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma; porque mi yugo es fácil, y mi carga es liviana» (Mateo 11: 29-30, RVC). […]
La felicidad derivada de fuentes mundanales es tan inconstante como la variabilidad de las circunstancias; pero la paz de Cristo es constante, permanente. No depende de los avatares de la vida, ni de la cantidad de bienes materiales ni del número de amigos que se tenga en este mundo. Cristo es la fuente de agua viva, y la felicidad que proviene de él no puede agotarse jamás.— El discurso maestro de Jesucristo, cap. 2, pp. 33-35.
La vida de los seres humanos testifica acerca de la verdad de las Escrituras: «Los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto. […] ¡No hay paz para los impíos!, ha dicho mi Dios» (Isa. 57: 20-21). […] Pero el que calmó las olas de Galilea, ha pronunciado la palabra que puede impartir paz a cada alma. […] Su gracia […] calma las tempestuosas pasiones humanas.— El Deseado de todas las gentes, cap. 35, p. 308.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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