6 de julio | Devocional: Exaltad a Jesús | El buen pastor

Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. Juan 10:11.

Cristo… se compara a un pastor. “Yo soy el buen pastor—declara él—; el buen pastor su vida da por las ovejas”. “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen. Como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas”. Juan 10:11, 14-15.

Como un pastor terreno conoce sus ovejas, así conoce el Pastor divino su grey que está dispersa por todo el mundo. “Vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, hombres sois, y yo vuestro Dios, dice el Señor Jehová”. Ezequiel 34:31.

En la parábola de la oveja perdida, el pastor sale en busca de una oveja—el menor número que podía mencionarse. Al descubrir que falta una oveja, no mira con negligencia el rebaño que está albergando en seguridad, ni dice: Tengo noventa y nueve, y me costaría demasiada molestia salir en busca de la extraviada. Vuelva ella, y le abriré la puerta del redil y la dejaré entrar. No; apenas se extravía la oveja, el pastor se llena de pesar y ansiedad. Dejando las noventa y nueve en el redil, sale en busca de la que se perdió. Por oscura y tempestuosa que sea la noche, por peligroso e incierto que sea el camino, por larga y tediosa que sea la búsqueda, no se desalienta hasta encontrar la oveja perdida.

¡Con qué alivio oye a lo lejos su primer débil balido! Siguiendo el sonido, trepa a las alturas más escarpadas; llega a la misma orilla del precipicio a riesgo de perder la vida. Así sigue buscando, mientras que el balido, cada vez más débil, le indica que su oveja está por morir.

Y cuando encuentra la extraviada… pone la exhausta oveja sobre sus hombros, y con alegre gratitud porque su búsqueda no fue vana, vuelve al aprisco. Su gratitud encuentra expresión en cantos de regocijo. “Y viniendo a casa, junta a los amigos y a los vecinos, diciéndoles: Dadme el parabién, porque he hallado mi oveja que se había perdido”.

Así también cuando el buen Pastor encuentra al pecador perdido, el cielo y la tierra se unen para regocijarse y dar gracias. Porque “habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que de novente y nueve justos, que no necesitan arrepentimiento”.— Obreros Evangélicos, 189-190.

En nuestra obra, el esfuerzo individual logrará mucho más de lo que se puede estimar. Es por falta de él por lo que las almas perecen. Un alma es de valor infinito; el Calvario nos dice su precio. Un alma ganada para Cristo, contribuirá a ganar a otras, y la cosecha de bendición y salvación irá siempre en aumento.—Obreros Evangélicos,

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