5 de noviembre | Devocional: Dios nos cuida | Por medio de la justicia de Cristo podemos guardar la ley de Dios

Gloria y hermosura es su obra, y su justicia permanece para siempre. Salmos 111:3.

Un rayo de la gloria de Dios, un destello de la pureza de Cristo que penetra en el alma, muestra cada mancha de contaminación con dolorosa claridad, y deja desnuda la deformidad y los defectos del carácter humano. ¿Cómo puede alguno que es traído ante la santa norma de la ley de Dios, la que pone en evidencia los motivos malos, los deseos no santificados, la infidelidad del corazón, la impureza de labios, y que desnuda la vida, jactarse de santidad? Sus actos de deslealtad al anular la ley de Dios son expuestos a su vista, y su espíritu es sacudido y afligido bajo las escrutadoras influencias del Espíritu de Dios. Se detesta a sí mismo al ver la grandeza, la majestad, la pureza sin mancha del carácter de Jesucristo.

Cuando el Espíritu de Cristo conmueve el corazón con su maravilloso poder despertador, hay un sentido de deficiencia en el alma que lleva a la contrición de la mente y a la humillación del yo, antes que a la orgullosa jactancia de lo que se ha logrado. Cuando Daniel fue testigo de la gloria y de la majestad que rodeaba al mensajero celestial que fue enviado a él, exclamó al describir la maravillosa escena: “Quedé, pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno”. Daniel 10:8.

El alma que es así tocada nunca se envolverá en justicia propia o en una pretenciosa apariencia de santidad; antes odiará su egoísmo, aborrecerá su amor a sí misma y buscará, por medio de la justicia de Cristo, esa pureza de corazón que está en armonía con la ley de Dios y el carácter de Cristo…

Exclamará, con humilde semblante y labio vacilante: “El me amó. Se dio a sí mismo por mí. Se hizo pobre para que yo, por su pobreza, pudiera ser hecho rico. El varón de dolores no me despreció, sino que derramó su amor inagotable y redentor para que mi corazón pudiera ser hecho limpio; y me ha traído de vuelta a la lealtad y la obediencia a todos sus mandamientos. Su condescendencia, su humillación, su crucifixión, son los milagros culminantes de la maravillosa manifestación del plan de salvación… Todo lo hizo para que sea posible impartirme su propia justicia, para que yo pueda cumplir la ley que he transgredido. Por esto lo adoro. Y proclamaré de él a todos los pecadores”.

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DEVOCIONAL: DIOS NOS CUIDA

Elena G. de White

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