4 de septiembre | La fe por la cual vivo | Elena G. de White | Una unión para toda la vida

Así que, no son ya más dos, sino una carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo aparte el hombre. Mateo 19:6.

“El voto matrimonial … une los destinos de dos individuos con vínculos que sólo la mano de la muerte debiera romper.”— Testimonies for the Church 4:507.
“En el sermón del monte, Jesús declaró claramente que no podía haber disolución del casamiento, excepto por infidelidad a las promesas solemnes del matrimonio…. Cuando Dios juntó las manos del hombre y la mujer … diciendo: ‘Dejará el hombre a su padre y a su madre y allegarse ha a su mujer,’ … dictó la ley de matrimonio para todos los hijos de Adán hasta el fin del tiempo.”—El Discurso Maestro de Jesucristo, 56.
“Al comenzar su vida matrimonial los hombres y las mujeres debieran consagrarse de nuevo a Dios…
“Donde reina el Espíritu de Dios no se hablará de incompatibilidad en las relaciones matrimoniales.”—The Adventist Home, 103, 120.
“A pesar de las dificultades, las congojas y los desalientos que puedan suscitarse, no abriguen jamás ni el marido ni la mujer el pensamiento de que su unión es un error o una decepción. Resuélvase cada uno de ellos a ser para el otro cuanto le sea posible ser. Sigan teniendo uno para con otro los miramientos que se tenían al principio. Aliéntese uno a otro en las luchas de la vida. Procuren anticipar la felicidad uno de otro. Haya entre ellos amor mutuo, soportándose uno a otro. Entonces el matrimonio, en vez de ser el término del amor, será más bien su verdadero principio.”—El Ministerio de Curación, 338.

DEVOCIONAL LA FE POR LA CUAL VIVO
Elena G. de White

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