4 de septiembre | Devocional: Exaltad a Jesús | Firme en la fuerza de Dios

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Juan 17:3.

Hay muy poco beneficio que se pueda obtener de una lectura apresurada de las Escrituras. Se puede leer la Biblia de principio a fin y sin embargo no percibir su hermosura ni comprender su significado profundo y oculto. Un pasaje que se estudia hasta que su significado le resulta claro a la mente, y evidente su relación con el plan de salvación, es de mucho más valor que la lectura superficial de muchos capítulos sin ningún propósito definido y sin que se gane ninguna instrucción positiva. Mantenga su Biblia con usted. Léala a medida que se presenta la oportunidad; grabe los textos en su memoria. Aun mientras transita por las calles puede leer un pasaje y meditar acerca de él, hasta fijarlo en la memoria.

En su Palabra está la vida de Cristo, que da vida al mundo. Era mediante ella como Jesús sanaba las enfermedades y echaba fuera demonios; por su Palabra calmó el mar y resucitó muertos; y la gente dio testimonio de que hablaba con poder. Expresó la palabra de Dios, como lo había hecho a través de todos los profetas y maestros del Antiguo Testamento. La Biblia entera es una manifestación de Cristo. Es nuestra fuente de poder.

Así como nuestra vida física se sostiene gracias al alimento, también la espiritual es sustentada por la Palabra de Dios. Cada alma necesita recibir personalmente la vida que proviene de la Palabra de Dios. Del mismo modo como cada uno puede comer por sí mismo si ha de recibir alimento, así también debemos recibir la Palabra de Dios personalmente. No la debemos obtener únicamente a través de los pensamientos de otros.

Sí, la Palabra de Dios es el pan de vida. Los que la comen y la digieren, haciéndola parte integrante de cada acción y cada atributo de su carácter, crecen robustos en la fuerza de Dios. Esto vigoriza el alma, perfecciona la experiencia y produce un gozo que perdurará eternamente.—The Signs of the Times, 25 de junio de 1902.

“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Aquí no se especifica la vida física, sino la vida eterna, la vida que es exclusiva propiedad de Dios. El Verbo, que estaba con Dios y que era Dios, poseía esa vida. La vida física es algo que ha recibido cada individuo. No es eterna ni inmortal, pues la toma de nuevo Dios, el Dador de la vida. El hombre no tiene control sobre su vida. Pero la vida de Cristo no era prestada. Nadie puede arrebatarle esa vida. “Yo de mí mismo la pongo”, dijo. “En él estaba la vida”: original, no prestada, no derivada de otro. Esa vida no es inherente al hombre. Sólo puede poseerla por medio de Cristo. No puede ganarla; le es dada como una dádiva gratuita si quiere creer en Cristo como su Salvador personal. “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. Juan 17:3. Esta es la fuente de vida abierta para el mundo.—Comentario Bíblico Adventista 5:1104.

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DEVOCIONAL: EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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