4 de enero del 2026 | Devoción Matutina para Damas 2026 | ¡Gracias, Señor!

«Gracias a Dios que en Cristo siempre nos lleva triunfantes» (2 Corintios 2: 14).

«En primer lugar, doy gracias a mi Dios» (Romanos 1: 8); «siempre doy gracias a mi Dios» (Filemón 1: 4); «no he dejado de dar gracias» (Efesios 1: 16), dice el apóstol Pablo. Y es que, de sus catorce Cartas, solo hay una que no contiene expresiones de gratitud.
Si el contexto en el que escribió esas palabras hubiera sido de comodidad, libre de problemas y enemigos, sería fácil comprender tantas expresiones de gratitud, pero el apóstol experimentó grandes adversidades. Rodeado de enemigos y de incertidumbres, soportó prisiones, apedreamientos, azotes, naufragios, ataques, juicios y persecuciones de sus compatriotas y de los hermanos de la nueva fe.
¿Cómo podía actuar tan pleno de gratitud, ante los infortunios? Su actitud se originaba en la firme convicción de que la gratitud sincera es uno de los elementos básicos e indispensables de un cristiano.
La gratitud es la valoración de lo que se tiene y el reconocimiento de que alguien nos ha dado tal beneficio. Agradecer genera contentamiento. Cuanto más expresamos gratitud, menos descontentos estamos. La gratitud hace que nos concentremos en aquello que tenemos; el descontento, en aquello que nos falta. La gratitud atrae a las personas, estrecha lazos y deshace nudos; el descontento las aleja y crea nudos.
La gratitud es uno de los secretos de las personas fuertes, porque es imposible ser agradecida y, al mismo tiempo, vivir dominada por el miedo y la ira, por ejemplo. La gratitud genera otros sentimientos, como el amor, la comprensión, la compasión y la alegría. El descontento precede a los reclamos, a la insatisfacción, a la tristeza y al deseo de pagar el mal con el mal.
La gratitud genera una sensación que es fundamental para la autoestima: la de ser bendecida. Cuando la persona es agradecida, incluso ante los mayores desafíos, reconoce que esa dificultad es tan solo una experiencia de aprendizaje. Consecuentemente, esa actitud la lleva a confiar más en su capacidad de superación. La persona desagradecida, creyendo ser víctima, se concentra solo en su propia derrota.
Pablo mantenía la convicción de que, incluso ante los peores problemas, Dios iba delante de él y podía usar hasta los mayores desalientos que sentía para transformarlo a su semejanza. ¡Ojalá que tengamos nosotras también esa convicción! Así, percibiremos que Dios nos ama, nos guía y hace planes para nosotras. Nuestra mente encontrará calma y reposo, y seremos capaces de dirigir sinceras acciones de gracias al Cielo.

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DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2026



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1 Comment

  • Andrea Gomez 2 semanas ago

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