31 de julio | Devocional: Exaltad a Jesús | La voz del pastor verdadero

Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? Juan 10:32.

Jesús declaró ser el pastor verdadero, porque dio su vida por las ovejas. El dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre”. Juan 10:17-18.

Jesús pronunció estas palabras ante una gran concurrencia y produjeron una impresión profunda en los corazones de muchos de los que las escucharon. Los escribas y fariseos se llenaron de celo debido al favor con que muchos lo recibían… Mientras él se manifestaba al pueblo como el Pastor verdadero, los fariseos decían: “Demonio tiene, y está fuera de sí; ¿por qué le oís?” Vers. 20. Pero otros, distinguiendo la voz del verdadero Pastor, decían:

“Estas palabras no son de endemoniado. ¿Puede acaso el demonio abrir los ojos de los ciegos?… Y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón. Y le rodearon los judíos y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo dínoslo abiertamente. Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis… Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen… Yo y el Padre uno somos”. Vers. 21-30.

Con cuánto poder y firmeza pronunció estas palabras. Los judíos jamás habían escuchado palabras semejantes de labios humanos, y una influencia persuasiva se apoderó de ellos; porque pareció que la divinidad fulguró a través de la humanidad cuando Jesús dijo: “Yo y el Padre una sola cosa somos”… Jesús los miró con calma y les dijo intrépidamente: “Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?”

La majestad del cielo permaneció en perfecta calma, como un Dios delante de sus adversarios. No se intimidó ante sus rostros amenazadores y sus manos cargadas de piedras. El sabía que estaba rodeado de fuerzas invisibles y legiones de ángeles dispuestos, con una sola palabra procedente de sus labios, a paralizar a la multitud si se atrevían a amenazarlo con lanzarle una sola piedra. Permaneció impávido ante ellos. ¿Por qué no volaron las piedras sobre él? Fue porque la divinidad fulguró a través de su humanidad, y recibieron una revelación y se convencieron de que las pretensiones de Cristo no eran comunes. Las manos se relajan y las piedras caen al suelo. Sus palabras habían confirmado su divinidad, pero ahora su presencia personal, la luz de sus ojos, la majestad de su porte, dan testimonio del hecho de que es el amado Hijo de Dios.—The Signs of the Times, 27 de noviembre de 1893.

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DEVOCIONAL: EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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