30 de septiembre | La maravillosa gracia de Dios | Elena G. de White | “Es poderoso”

Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día. 2 Timoteo 1:12.

El apóstol [Pablo] contemplaba el gran más allá, no con temor e incertidumbre, sino con gozosa esperanza y anhelosa expectación. Al llegar al paraje del martirio, no vio la espada del verdugo ni la tierra que iba a absorber su sangre, sino que a través del sereno cielo de aquel día estival, miraba el trono del Eterno.
Este hombre de fe contemplaba la visión de la escalera de Jacob, que representaba a Cristo, quien unió la tierra con el cielo, y al hombre finito con el Dios infinito. Su fe se fortaleció al recordar cómo los patriarcas y profetas habían confiado en Uno que fue su sostén y consolación y por quien él sacrificaba su vida. Oyó a esos hombres santos, que de siglo en siglo testificaron por su fe, asegurarle que Dios es fiel. A sus colaboradores, que para predicar el Evangelio de Cristo salieron al encuentro del fanatismo religioso y supersticiones paganas, persecución y desprecio, que no apreciaron sus propias vidas, a fin de llevar en alto la luz de la cruz en el oscuro laberinto de la incredulidad, oía testificar de Jesús como el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. De la rueda de tormento, la estaca, el calabozo y de los escondrijos y cavernas de la tierra, llegaba a sus oídos el grito de triunfo de los mártires. Oía el testimonio de las almas resueltas, quienes, aunque desamparadas, afligidas y atormentadas, padecían sin temor testificando solemnemente de su fe, diciendo: “Yo sé en quién he creído”…
Redimido Pablo por el sacrificio de Cristo, lavado del pecado en su sangre y revestido de su justicia, tenía en sí mismo el testimonio de que su alma era preciosa a la vista de su Redentor. Estaba su vida oculta con Cristo en Dios, y tenía el convencimiento de que quien venció la muerte es poderoso para guardar cuanto se le confíe.—Los Hechos de los Apóstoles, 408.
Me alegro tanto de que podamos venir a Dios con fe y humildad, y rogar ante él hasta que nuestras almas se pongan en tan estrecha relación con Jesús que estemos en condiciones de depositar nuestras cargas a sus pies, diciendo: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”.—Medical Ministry, 203.

DEVOCIONAL LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS
Elena G. de White

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