30 de junio | Devocional: La maravillosa gracia de Dios | ¿Por cuánto tiempo debe sufrir el cielo?

Yo y el Padre uno somos. Juan 10:30.

Dios mismo fue crucificado con Cristo; porque Cristo era uno con el Padre.—The S.D.A. Bible Commentary 5:1108.

Pocos piensan en el sufrimiento que el pecado causó a nuestro Creador. Todo el cielo sufrió con la agonía de Cristo; pero ese sufrimiento no empezó ni terminó con su manifestación en la humanidad. La cruz es, para nuestros sentidos entorpecidos, una revelación del dolor que, desde su comienzo, produjo el pecado en el corazón de Dios. Le causan pena toda desviación de la justicia, todo acto de crueldad, todo fracaso de la humanidad en cuanto a alcanzar su ideal. Se dice que cuando sobrevinieron a Israel las calamidades que eran el seguro resultado de la separación de Dios, sojuzgamiento a sus enemigos, crueldad y muerte, el alma de Dios “fue afligida a causa de la desdicha de Israel”. Jueces 10:16. “En todas sus aflicciones él fue afligido… y los alzaba en brazos, y los llevaba todos los días de la antigüedad”. Isaías 63:9.

Su Espíritu “hace intercesión por nosotros, con gemidos que no pueden expresarse con palabras”. Cuando “la creación entera gime juntamente con nosotros” (Romanos 8:26, 22), el corazón del Padre infinito gime en simpatía. Nuestro mundo es un vasto lazareto, una escena de miseria a la cual no nos atrevemos a dedicar siquiera nuestros pensamientos. Si nos diéramos cuenta exacta de lo que es, la carga sería demasiado terrible. Sin embargo, Dios lo siente todo.—La Educación, 256.

No se exhala un suspiro, no se siente un dolor, ni ningún agravio atormenta el alma, sin que haga también palpitar el corazón del Padre.—El Deseado de Todas las Gentes, 323.

El que conoce la profundidad de la miseria y la desesperación del mundo, conoce los medios para aliviarlas… Aunque los seres humanos han abusado de su misericordia, malgastado sus talentos y perdido la dignidad de la virilidad que Dios les diera, el Creador ha de ser glorificado en su redención…

Con el objeto de destruir el pecado y sus resultados, dio a su Hijo amado y nos permite que, por la cooperación con él, acabemos con esta escena de miseria.—La Educación, 262, 264.

DEVOCIONAL

LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS

Elena G. de White

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