3 de febrero | Devocional: Ser Semejante a Jesús | La promesa de la redención

Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la… suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. Génesis 3:15.

Adán y su compañera vieron los primeros signos de decadencia en las flores mustias y la caída de las hojas. Fue presentada con nitidez ante su mente la dura realidad de que todo lo viviente debía morir. Hasta el aire, del cual dependía la vida, llevaba los gérmenes de la muerte.
También se les recordaba de continuo la pérdida de su dominio. Adán había sido el rey de los seres inferiores, y mientras permaneció fiel a Dios, toda la naturaleza reconoció su gobierno, pero cuando pecó, perdió su derecho al dominio.
El espíritu de rebelión, al cual él mismo había dado entrada, se extendió a toda la creación animal. De ese modo, no sólo la vida de los humanos, sino también la naturaleza de las bestias, los árboles del bosque, el pasto del campo, hasta el aire que respiraban, hablaban de la triste lección del conocimiento del mal.
Sin embargo los mortales no fueron abandonados a los resultados del mal que habían escogido. En la sentencia pronunciada contra Satanás se insinuó la redención. “Y pondré enemistad entre ti y la mujer”, dijo Dios, “y entre tu
simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Génesis 3:15. Esta sentencia, pronunciada a oídos de nuestros primeros padres, fue para ellos una promesa. Antes que oyesen hablar de los espinos y cardos, del trabajo rudo y del dolor que les habían de tocar en suerte, o del polvo al cual debían volver, oyeron palabras que no podían dejar de infundirles esperanza.
Todo lo que se había perdido al ceder a las insinuaciones de Satanás, se podía recuperar por medio de Cristo.
La naturaleza nos repite también esta indicación. Aunque está manchada por el pecado, no sólo habla de la creación sino también de la redención. Aunque por los signos evidentes de decadencia la tierra da testimonio de la maldición que pesa sobre ella, aún es hermosa y rica en señales del poder vivificador. Los árboles se despojan de sus hojas sólo para vestirse de nuevo verdor; las flores mueren, para brotar con nueva belleza; y en cada manifestación del poder creador se afirma la seguridad de que podemos ser creados de nuevo en “justicia y santidad de verdad”.
Efesios 4:24. De ese modo, los mismos objetos y las funciones de la naturaleza, que tan vívidamente nos recuerdan nuestra gran pérdida, llegan a ser para nosotros mensajeros de esperanza.
Por doquiera llegue la maldad, se oye la voz de nuestro Padre que muestra a sus hijos, por sus resultados, la naturaleza del pecado, les aconseja que abandonen el mal y los invita a recibir el bien.—La Educación, 26, 27.

DEVOCIONAL SER SEMEJANTE A JESÚS
Elena G. de White

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