29 de enero | Devocional: Alza tus ojos |  Perdón amplio

«Pedro, acercándose entonces a Jesús, le preguntó: “Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano si me ofende? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contestó: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”». Mateo 18: 21-22, LPH

Si el Señor tratara a la familia humana como los seres humanos se tratan entre sí, ya habríamos sido aniquilados; pero él es inmensamente bondadoso, tiernamente compasivo, y perdona nuestras transgresiones y pecados. Cuando lo buscamos de todo corazón, lo hallamos. […]

Cristo carga nuestro pecado, constantemente nos perdona la iniquidad y el pecado. La misericordia, la paciencia, la bondad, son la gloria de su carácter. Cuando Moisés oró al Señor diciendo: «Te ruego que me muestres tu gloria» (Éxo. 33:18), le contestó: «Yo haré pasar toda mi bondad delante de tu rostro» (Exo. 33: 19). La pregunta que Pedro dirigió a Jesús le fue sugerida por las lecciones que Cristo le había dado previamente acerca de la disciplina eclesiástica.

Los preceptos judíos imponían el deber de perdonar cinco ofensas, y Pedro pensó que al sugerir siete veces había alcanzado con ello el límite de la tolerancia humana. Jesús, sin embargo, le hizo comprender que quienes están imbuidos de la mentalidad y del espíritu divinos podrán perdonar sin límites. El plan y fundamento de la salvación es rl amor, que es el principio que ha de regir a la familia humana. Si Cristo limitara su misericordia, su compasión y perdón a un cierto número de pecados, ¡qué pocos se salvarían!

La misericordia de Cristo al perdonar nuestras iniquidades nos muestra que tiene que haber abundante perdón para las ofensas y pecados que nuestros prójimos cometen contra nosotros. Cristo dio esa lección a sus discípulos para corregir los errores que enseñaban y practicaban por precepto y ejemplo los que entonces interpretaban las Escrituras.

El principio que impulsó a Cristo al tratar de recuperar a la familia humana mediante el plan de salvación es el mismo que debe impulsar a sus seguidores en su trato mutuo cuando se relacionan en la iglesia. La lección había de impresionar también sus mentes con el hecho de que no podemos alcanzar el cielo por nuestros propios méritos, »lno solamente a través de la maravillosa misericordia y la paciencia divinas, que nos son ofrecidas en una forma que no podemos igualar.

Podemos ser salvos únicamente por medio de la maravillosa paciencia de Dios al prrdonarnos todos nuestros pecados y transgresiones. Así que los que hemos sido bendecidos por la misericordia divina, tenemos que manifestar el mismo espíritu de paciencia y perdón hacia los que constituyen la familia del Señor.— Carta 30, 29 de enero de 1895, dirigida al «hermano Hardy».

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DEVOCIONAL

ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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