29 de diciembre | Ser Semejante a Jesús | Elena G. de White | La ley de Dios conduce al arrepentimiento verdadero

Quizás oigan y se vuelvan cada uno de su mal camino, y me arrepentiré yo del mal que pienso hacerles por la maldad de sus obras. Jeremías 26:3.

[El apóstol Pablo escribió]: “Yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás”. Romanos 7:7…
La ley que prometía vida al obediente, proclamaba la muerte del transgresor. “De manera”, dice, “que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”. Romanos 7:12.
Cuán amplio es el contraste entre estas palabras de Pablo y las que se proclaman en muchos púlpitos hoy. Se le enseña a la gente que la ley de Dios no es necesaria para la salvación; que sólo tienen que creer en Jesús y son salvos. Sin la ley, los seres humanos no tienen convicción de pecado y no sienten necesidad de arrepentimiento. No viendo su condición perdida como violadores de la ley de Dios, no sienten la necesidad de la sangre expiatoria de Cristo como su única esperanza de salvación.
La ley de Dios es un agente en cada conversión genuina. No puede existir verdadero arrepentimiento sin convicción de pecado. Las Escrituras dicen que “el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4), y que “por la ley es el conocimiento del pecado” Romanos 3:20. Para ver su culpa, los pecadores deben someter a prueba su carácter por la gran norma de justicia de Dios. Para descubrir sus defectos, deben mirarse en el espejo de los estatutos divinos. Pero si bien la ley revela sus pecados, no proporciona el remedio. Únicamente el evangelio de Cristo puede ofrecer perdón. Para estar perdonados, los pecadores deben valerse del arrepentimiento hacia Dios, cuya ley ha sido transgredida, y de la fe en Cristo, su sacrificio expiatorio.
Sin arrepentimiento verdadero no puede haber conversión verdadera. Muchos se equivocan aquí, y demasiado a menudo toda su experiencia demuestra ser un engaño. Es por esto que tantos que se unen a la iglesia nunca se han unido a Cristo.
“Los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden”. Romanos 8:7. En el nuevo nacimiento, el corazón es renovado por la gracia divina y puesto en armonía con Dios y colocado en sujeción a su ley. Cuando ha tenido lugar este cambio poderoso, el pecador ha pasado de muerte a vida, de pecado a santidad, de transgresión y rebelión a la obediencia y lealtad. Ha terminado la vieja vida de alejamiento de Dios y ha comenzado la nueva vida de reconciliación, de fe y amor. Entonces, “la justicia de la ley” se cumple en “nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino [371] conforme al Espíritu”. Romanos 8:4.—The Spirit of Prophecy 4:297, 298.

DEVOCIONAL: SER SEMEJANTE A JESÚS
Elena G. de White

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