28 de junio | Devocional: Hijos e Hijas de Dios | Discreción y concreción

«La discreción te guardará; te preservará la inteligencia». Proverbios 2: 11, RV60

POR MEDIO DE NUESTRAS PALABRAS y una conducta consecuente, mediante nuestra pureza y nuestra ferviente piedad, confesamos nuestra fe, decididos a que Cristo ocupe el trono en el templo del alma, y pongamos nuestros talentos sin reserva a sus pies para que él los emplee en su servicio. […]

Hagamos de honrar a Dios la ley de nuestra vida, de la cual no logre apartarnos ninguna tentación ni interés personal.— The Youth’s Instructor, 2 de febrero de 1893.

Queridas hermanas, eviten aun la apariencia de mal. En esta época disoluta, saturada de corrupción, ustedes no están seguras a menos que estén protegidas. La virtud y el recato son raros. Les exhorto, como seguidoras de Cristo, que hagan una elevada profesión, que valoren la preciosa e incomparable gema del recato. Ella preservará la virtud.— Conducción del niño, cap. 65, p. 391.

La santidad de corazón no conducirá nunca a acciones impuras. […] La verdad de origen celestial no degrada nunca al que la recibe; […] al contrario, santifica al creyente, refina su gusto, lo eleva y lo ennoblece, y lo pone en íntima comunión con Jesús. Le induce a considerar la orden del apóstol Pablo de abstenerse aun de la apariencia del mal, para que «no den lugar a que se hable mal del bien que ustedes practican» (Rom. 14: 16, NBD).

Este es un asunto al cual necesitamos prestar atención. Hemos de precavernos contra los pecados de esta generación depravada. Debemos mantenernos alejados de todo lo que se relacione con el mal. El Señor lo condena. Es terreno prohibido sobre el cual es inseguro asentar los pies. Cada palabra y acción ha de inducirnos a santificar, refinar y ennoblecer el carácter. […]

Nuestro buen nombre es un capital de mucho más valor que el oro o la plata. Hemos de conservarlo sin mancha. Si la gente ataca nuestro buen nombre, que no sea porque nosotros mismos hayamos dado ocasión de que lo ataquen; sino que sea por la misma razón por la cual hablaron mal de Cristo, a saber, porque odiaban la pureza y santidad de su carácter; porque les era una constante reprensión.— Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 559-561.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS

Elena G. de White

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