28 de febrero | Devocional: La maravillosa gracia de Dios | Participantes del reino de Cristo

Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel. Lucas 22:29,30.

¡Qué promesa es ésta! Los fieles de Cristo han de compartir con él el reino que ha recibido de su Padre. Es un reino espiritual, en el que los más activos en servir a sus hermanos son los mayores. Los siervos de Cristo, bajo su dirección, administrarán los negocios de su reino. Comerán y beberán en su mesa, es decir, serán admitidos en estrecha comunión con él.—The Review and Herald, 4 de julio de 1907.

Los que buscan distinción y gloria mundanas cometen una lamentable equivocación. El que se niega a sí mismo, dándole la preferencia a los demás, será el que se siente más cerca de Cristo en su trono. El que lee el corazón ve el verdadero mérito poseído por sus humildes y sacrificados discípulos, y porque son dignos los ubica en puestos de distinción, aunque no logren percibir su dignidad ni busquen ese honor…

Dios no le asigna ningún valor ni a la ostentación ni a la jactancia. Muchos que en esta vida son considerados superiores a los demás, verán un día que Dios evalúa a los hombres de acuerdo con su compasión y abnegación… Los que siguen el ejemplo del que anduvo haciendo bienes, que ayudan y bendicen a sus prójimos, tratando siempre de elevarlos, son infinitamente superiores a la vista de Dios que los egoístas que se exaltan a sí mismos.

Dios no acepta a los hombres debido a sus capacidades, sino porque buscan su rostro y desean su ayuda. Dios no ve como el hombre ve. No juzga por las apariencias. Escudriña el corazón y juzga justamente…

Acepta a sus humildes y modestos seguidores, y comulga con ellos; porque ve en ellos el más precioso material, que resistirá la tormenta, el calor y la presión. Nuestro propósito al trabajar por el Maestro debiera ser que su nombre sea glorificado en la conversión de los pecadores…

Regocijémonos que el Señor no mire a los obreros de su viña por su cultura o por las ventajas educacionales que hayan tenido. Se juzga al árbol por sus frutos. El Señor cooperará con los que colaboren con él.—Ibid.

DEVOCIONAL

LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS

Elena G. de White

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