27 de septiembre | Devocional: Alza tus ojos | Más, y más santos aún

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Mateo 5:6.

En el Sermón del Monte Cristo dio una definición de la verdadera santificación. El vivió una vida de santidad. Fue un ejemplo práctico de lo que sus seguidores han de ser. Debemos ser crucificados con Cristo, sepultados con El, y luego vivificados por su Espíritu. Entonces seremos llenos de su vida.

Nuestra santificación es la finalidad que Dios persigue en su trato con sus hijos. Nos escogió desde la eternidad para que fuéramos santos. Cristo se dio a sí mismo por nuestra redención, para que por medio de la fe en su poder para salvar del pecado, pudiéramos estar completos en El. Al darnos su Palabra nos dio el pan del cielo. El declara que si comemos su carne y bebemos su sangre recibiremos la vida eterna. ¿Por qué no nos espaciamos más en esto? ¿Por qué no nos esforzamos por hacerlo fácilmente comprensible, siendo que significa tanto? ¿Por qué los cristianos no abren sus ojos para ver la tarea que Dios requiere de ellos? La santificación es una obra progresiva de toda la vida. El Señor declara: “Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación”. 1 Tesalonicenses 4:3. ¿Es la determinación de ustedes que sus deseos e inclinaciones estén en armonía con la voluntad divina?

Como cristianos hemos prometido comprender y cumplir nuestras responsabilidades, y mostrar al mundo que tenemos una estrecha relación con Dios. Así, por medio de las palabras divinas y las obras de sus discípulos, Cristo debe ser representado.

Dios exige de nosotros perfecta obediencia a su ley; la expresión de su carácter. “¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley”. Romanos 3:31. Esta ley es el eco de la voz de Dios, que nos dice: “Más santos, sí, más santos aún”.

Deseen la plenitud de la gracia de Cristo; sí, anhelen—con hambre y sed—la justicia. La promesa es: “Seréis saciados”. Que sus corazones se colmen de un deseo intenso de justicia, la obra de la cual la Palabra de Dios dice que es paz, y su resultado, sosiego y seguridad para siempre.

Es nuestro privilegio ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que existe en el mundo a causa de la concupiscencia. El Señor ha dicho claramente que El exige que seamos perfectos; y debido a esta demanda, hizo provisión para que pudiéramos ser partícipes de la naturaleza divina. Sólo así podemos obtener éxito en nuestra lucha por la vida eterna. Cristo concede el poder. “Mas a todos los que le recibieron… les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Juan 1:12.—Carta 153, del 27 de septiembre de 1902, dirigida al Hno. S. N. Haskell y Sra.

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DEVOCIONAL: ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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