27 de febrero | Devocional: Hijos e Hijas de Dios | Cuánto daña el engaño

«No des falso testimonio en contra de tu prójimo».Éxodo 20:16, NVI

EL NOVENO MANDAMIENTO requiere de nosotros una consideración inviolable por la verdad exacta de cada declaración que pueda afectar el carácter de nuestros semejantes. La lengua, que los seres humanos logran mantener tan poco bajo control, debe ser sometida por los firmes principios de una recta conciencia, por la ley de amor hacia Dios y al prójimo— Carta 15, 1895.
La mentira acerca de cualquier asunto, todo intento o propósito de engañar a nuestro prójimo, están incluidos en este mandamiento. La falsedad consiste en la intención de engañar. Mediante una mirada, un ademán, una expresión del rostro, se puede mentir tan eficazmente como de palabra. Toda exageración intencionada, toda insinuación o indirecta lanzada con el fin de producir un concepto erróneo o exagerado, hasta la exposición de los hechos de manera que den una idea equivocada, todo esto es mentir.
Este precepto prohíbe todo intento de dañar la reputación de nuestros semejantes por medio de tergiversaciones o suposiciones malintencionadas, mediante calumnias o chismes. Hasta la supresión intencional de la verdad, hecha con el fin de perjudicar a otros, es una violación del noveno mandamiento.— Patriarcas y profetas, cap. 27,
p. 281.
Jesús […] enseña que la verdad exacta debe ser la norma del habla. «Cuando ustedes digan “sí”, que sea realmente sí; y cuando digan “no”, que sea no. Cualquier cosa de más, proviene del maligno» (Mat. 5: 37, NBD). Estas palabras condenan todas las expresiones y declaraciones insensatas que rayan en profanidad. Condenan los cumplidos engañosos, el disimulo de la verdad, las frases lisonjeras, las exageraciones, las falsedades en las transacciones, que prevalecen en la sociedad y en el mundo de los negocios. Este mandamiento prescribe que nadie puede llamarse veraz si trata de aparentar lo que no es, o si sus palabras no expresan los verdaderos sentimientos del corazón.— El discurso maestro de Jesucristo, cap. 3, p. 108.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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