27 de diciembre | Devocional: Alza tus ojos | Oren: sea hecha tu voluntad

¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Santiago 5:14,15.

Al orar por los enfermos, no es señal de incredulidad decir: “Si es para tu gloria, haz esto por nosotros, y te alabaremos y magnificaremos tu santo nombre”… Como no hay poder sanador en ningún ser humano, debemos confiar en Dios, quien nos ama y se dio a sí mismo por nosotros. Sea que vivamos o muramos, somos del Señor. Tienen un Redentor piadoso, amoroso y compasivo que los ama, que los bendice. El no los dejará ni los abandonará. El que conoce la historia presente y futura, hará lo que sea para nuestro mayor bien y para gloria de su nombre…

Jesús los ama y bendice. Su promesa es segura. Manténganse firmes; tengan buen ánimo en el Señor. El es nuestro ayudador; es nuestro Redentor… Cristo es el Restaurador. Satanás es el destructor. Todo lo que los mortales pueden hacer es seguir implícitamente la Palabra del Señor. Esa es la parte que les toca desempeñar. ¿Fallará el Señor en cumplir su parte? Presenten las peticiones ante el trono de la gracia, y luego esperen confiada y esperanzadamente…

En todas mis peticiones digo: “Oh, Señor, no se haga nuestra voluntad, sino la tuya”. El sabe que no es una oración dubitativa, sino de perfecta confianza. El Señor conoce qué es lo mejor… Nuestra tarea consiste en orar, creer y esperar pacientemente porque El es nuestro Salvador.

Mi ruego es: “Oh, Dios, Dios viviente, manifiéstate. Haz conocer tu poder a tu pueblo, de tal manera que esta enfermedad pueda resultar para nuestro bien y para gloria de tu nombre”. No hay una sola hebra de incredulidad en esta oración, sino una perfecta sumisión a la voluntad de Dios, quien es poderoso para salvar hasta lo sumo a todos los que creen en El. No importa cuán objetables sean las circunstancias que rodean el caso, no nos preocupemos de las apariencias.

Dios desea que confiemos implícitamente en El, y si es para nuestro bien y para la gloria de su nombre realizar lo que le pedimos, lo hará. Debemos esperar. El poder del Señor es ilimitado. Nosotros, pobres mortales, necesitamos purificar nuestras almas, a fin de que cuando el Señor obre no sea para nuestra ruina. Esta es la razón por la cual tan pocos enfermos sanan. Si fueran sanados, se enaltecerían en su estima propia. Debemos aprender de Jesús a ser mansos y humildes de corazón, y hallaremos descanso para nuestras almas.

Nunca, ni por un momento, cuestionen que Dios los ama. El los ama y les da evidencias de su amor. Agradezcan a su Padre celestial por el Salvador compasivo que puede salvar hasta lo sumo, alma y cuerpo.—Carta 127, del 27 de diciembre de 1898, dirigida a los esposos Wilson.

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DEVOCIONAL: ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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