26 de octubre | Devocional: Alza tus ojos | Cristo habló la verdad

¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! Juan 7:46.

Mientras estuvo en esta tierra, el Hijo de Dios fue el Hijo del hombre; no obstante había momentos en que su divinidad refulgía en la manifestación de un poder superior…

La verdad nunca languideció en los labios de Cristo; nunca sufrió en sus manos. Palabras de verdad brotaban de sus labios con sorprendente frescura y poder, como si fueran una nueva revelación. Estén todos seguros de que el Salvador no expresó nada fantástico o sentimental. Vino del Padre para ser la Luz del mundo. Esta luz no fue escondida debajo del almud.

Jesús abordó todos los temas con autoridad. Cada verdad que era fundamental para su pueblo, fue revelada en sus enseñanzas con la firme seguridad del conocimiento cierto. No pronunció ninguna sofistería, ninguna mera probabilidad, ninguna opinión humana citada de hombres: sólo verdades. Sus declaraciones eran principios establecidos por su conocimiento personal. Previó las doctrinas falaces que saturarían el mundo, pero no mencionó ninguna de ellas. Ningún cuento inútil, ninguna teoría falsa revestida de hermoso lenguaje salió de los labios del gran Maestro. En todas sus enseñanzas se espació en las inmutables posiciciones de la verdad bíblica. Cristo vino a expresar el ideal de toda verdad. Develó gema tras gema de preciosa verdad…

A cada uno de sus agentes designados, el Señor le envía el mensaje: “Ocupa tu lugar en tu puesto del deber, y manténte firme de parte de la rectitud”. Se me ha mandado decir a todos los obreros de Dios: “Encuentren sus lugares, si son los enviados de Dios. No asimilen los sentimientos caprichosos de los seres humanos que no son enseñados por Dios. Cristo está aguardando para brindarles discernimiento en lo que respecta a las cosas celestiales: aguardando para vivificar su pulso espiritual con el aumento de la actividad. No permitan más que ninguna influencia dañina o predisposición, natural o adquirida, los lleve a someter las exigencias del futuro, los intereses eternos, a los asuntos comunes de esta vida. Nadie puede servir a dos señores cuyos intereses no están en armonía. ‘No podéis servir a Dios y a Mammón’”…

Cristo no consideró una usurpación ser igual a Dios, y no obstante no se complació a sí mismo. Tomó sobre sí la naturaleza humana con el único propósito de colocar al hombre en terreno ventajoso ante el mundo y ante todo el universo celestial. Lleva consigo la humanidad santificada y allí retenerla como hubiera sido si el hombre nunca hubiera violado la ley de Dios. A los vencedores, que en la tierra fueron partícipes de la naturaleza divina, los hace reyes y sacerdotes para Dios.—Manuscrito 156, del 26 de octubre de 1903, “Cristo, nuestro ejemplo divino-humano”.

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DEVOCIONAL: ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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