26 de julio | Devocional: Exaltad a Jesús | Cristo lo es todo para los que lo reciben

 

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen. Juan 10:27.

 

La transformación del carácter humano hace que el yugo de Cristo sea fácil y ligera su carga. Si así lo quieren, todos pueden llegar a ser uno con Cristo tanto en su obediencia como en su servicio.

Ordenar es prerrogativa de Dios; es deber del hombre obedecer. No se hace ninguna imposición sobre el alma. El honor del deber es algo que el Hijo de Dios le confiere a la persona que es heredera del cielo. Deberá trabajar para Dios rindiéndole un servicio interesado, leal, gozoso, y honorable. En la obediencia de todos sus mandamientos se revela un espíritu de amor hacia Dios. Cristo vivió y trabajó en esa misma atmósfera de amor.

Cada palabra, cada acción es una obra para Dios. Aquí se combinan la fe en Dios y la fe en el hombre. Cristo jamás hubiera dado su vida por la raza humana si no hubiera tenido fe en las almas por las cuales murió. Sabía que un gran número respondería al amor que había expresado para la humanidad. No todo corazón reacciona positivamente, pero todo el que así lo desee puede responder a ese amor que no tiene paralelo. “Mis ovejas oyen mi voz”, dijo Cristo. El corazón que suspira por Dios reconocerá la voz del Señor. Dios no puede hacer nada en favor del alma que no responde a la gracia que le ha ofrecido ni al amor que le ha prodigado. El espera la reacción de las almas.

El asunto descansa enteramente sobre ellos. El los invita a acudir a la fiesta de bodas; él prepara delante de ellos un banquete que satisfará todo anhelo. Su palabra está llena de sustancia y de grosura. Entonces el Señor derramará su Espíritu como en el día del pentecostés…

Para cada alma la comunión con Dios es algo personal y directo. El corazón que se coloca bajo la dirección del Espíritu Santo arderá dentro del pecho con el amor de Dios. Entonces las personas se vuelven como niños confiados. Cristo no anda en busca de méritos personales. Oh, si todos quisieran acudir a él tales como son, y permitirle que él los prepare para recibirlos como suyos. El Señor desea únicamente que lo reciban a él y aprendan a llevar su yugo y a levantar sus cargas, para que el cielo pueda observar que son colaboradores de Dios. Por qué no podrá cada alma que necesita ayuda y reposo acudir al portador de cargas, para recibir luz y vida.

Cristo no podía evitar ser una fuente de luz. Su misma obra consistía en brillar. Dijo él: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. Juan 10:10. En mí no hay ninguna clase de tinieblas. La luz significa revelación, y la luz debe brillar en medio de la oscuridad moral. Cristo lo es todo para los que lo reciben. Es su consolador, su seguridad, su salud. No hay ninguna luz aparte de Cristo. No necesita haber una nube entre el alma y Jesús… Su gran corazón de amor está anheloso de inundar el alma con los rayos brillantes de su justicia.—Carta 153a, 1897.

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DEVOCIONAL: EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White



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