26 de febrero | Devocional: Nuestra Elevada Vocación | El manto de alegría

Has tornado mi endecha en baile; desataste mi saco, y ceñísteme de alegría. Salmos 30:11.

Muchos que andan a la búsqueda de alegría, quedarán chasqueados en sus esperanzas, porque la buscan en un mal lugar. La verdadera felicidad no se encuentra en la complacencia egoísta, sino en la senda del deber. Dios desea que el hombre sea feliz, y por esta razón le da los preceptos de su ley, para que al obedecerlos pueda tener gozo en todas partes. Mientras permanece en su integridad moral, fiel a los principios, teniendo control de todas sus facultades, no puede sentirse desgraciado. Con sus zarcillos entrelazados alrededor de Dios, el alma florecerá en medio de la incredulidad y de la depravación. Pero muchos que constantemente andan buscando la felicidad, dejan de recibirla porque, al descuidar el cumplimiento de los pequeños deberes, descuidan el observar las pequeñas cortesías de la vida, y violan los principios de los cuales depende la felicidad.—The Review and Herald, 1 de septiembre de 1885.

Las corrientes de vida espiritual no deben estancarse. El agua de la fuente de la vida debiera estar en nosotros, como fuente de agua que salta para vida eterna, y barriendo el egoísmo del corazón natural…. Muchos levantan barreras entre ellos y Jesús, de manera que su amor no puede fluir a sus corazones, y luego se quejan de que no pueden ver al Sol de Justicia. Olvídense ellos del yo, y vivan para Jesús, y la Luz del Cielo les proporcionará gozo a sus almas.

El hecho de que Jesús murió para poner la felicidad y el cielo cerca de nuestro alcance, debiera ser un tema de constante gratitud. La belleza que hay a nuestro alrededor en las obras creadas por Dios como expresión de su amor, debieran llevar alegría a nuestros corazones. Abrimos para nosotros las compuertas de la desgracia o el gozo. Si permitimos que nuestros pensamientos se saturen con las dificultades de esta tierra, nuestros corazones se llenarán de incredulidad, de lobreguez y resentimiento. Si ponemos nuestros afectos en las cosas de arriba, la voz de Jesús hablará a nuestras almas, cesarán las murmuraciones; los pensamientos aflictivos se perderán en alabanza a nuestro Redentor. Los que se espacien en las grandes misericordias de Dios, y no pasen por alto sus dones menores, se pondrán el vestido de alegría, y harán que en sus corazones vibren melodías para el Señor.—The Review and Herald, 22 de septiembre de 1885.

DEVOCIONAL: NUESTRA ELEVADA VOCACIÓN

Elena G. de White

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Devocional

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