26 de febrero | Devocional: Alza tus ojos | Bien pertrechados con la armadura de Cristo

«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». Mateo 5: 16

La luz de la verdad debe proyectar su brillo al mundo. Los que aman a Dios y guardan sus mandamientos son llamados a una dura lucha, no del uno contra el otro, sino contra las invisibles huestes del enemigo. No es posible despojarse de la armadura de Cristo en ningún momento. Los que pretenden ser discípulos de Cristo nunca pueden sentirse satisfechos cumpliendo meramente con la responsabilidad que les asignó la iglesia, sin hacer casi nada para rescatar a los seres humanos caídos y llevarlos a la lealtad a Dios.

Los ángeles celestiales están constantemente ascendiendo y descendiendo entre el cielo y la tierra, ocupados en un servicio desinteresado: la reconstrucción del reino de Cristo. ¿Dónde están los hombres y mujeres que se unirán con los mensajeros celestiales? ¿Dónde están los que usarán sus talentos en cooperación con el poder divino?

Pensemos en lo que Dios ha hecho por cada uno de nosotros. Cuando estábamos pereciendo sin Cristo, ¿no nos llegó acaso el mensaje de advertencia, convenciéndonos de pecado y conduciéndonos al arrepentimiento? ¿No se nos reveló Cristo como el Salvador que perdona todo pecado? Y en la luz y gloria del primer amor, ¿no nos sentimos acaso llenos de desinteresado entusiasmo para impartir a otros la gracia que nos había proporcionado la novedad de vida en Cristo?

No permitamos que disminuya nuestro celo por el Maestro. Ahora que hemos llegado a ser la mano ayudadora de Cristo es preciso que luchemos con fervor por aquellos a quienes, antes de nuestra conversión, mirábamos con indiferencia. No olvidemos en ningún momento que esas almas están en una situación tan favorable como en la que nosotros estábamos [al ser] llevados al arrepentimiento, y que su salvación puede ser de más elevado valor para la iglesia que lo que fue la nuestra propia. No hemos de escatimar ni las expresiones de fervor ni las de ternura y amabilidad. Hemos de atraer a la cruz del Calvario a los que nos rodean. Hemos de estar tan enamorados de la verdad como para que recibamos diariamente gracia renovada para impartir a los demás. Abramos las ventanas del alma al Cielo a fin de que los brillantes rayos del Sol de Justicia puedan brillar en nuestro corazón. «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mat. 5: 16).

La verdad preciosa, esencial, se abre ante todos los que atesoran en su vida el amor de Dios. El deber y el sacrificio resulta entonces aceptables, debido a la gratitud por haber sido redimidos por la sangre de Cristo. Los seres humanos en los cuales difícilmente nos habríamos fijado antes, adquieren ahora gran valor para nosotros. Hubo un tiempo cuando puede que no tuviéramos ningún interés en ellos, pero ahora estamos unidos con Cristo y ligados por el amor a su herencia. El corazón que una vez estuvo congelado por el hielo del egoísmo, se derrite por la influencia del Espíritu.— Manuscrito 17, 26 de febrero de 1901, «Deberes descuidados».

 

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DEVOCIONAL

ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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