24 de mayo | Devocional: La maravillosa gracia de Dios | Ratificado por la sangre de Cristo

Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. 1 Corintios 11:26.

Al establecer el servicio sacramental para que tomara el lugar de la Pascua, Cristo dejó para su iglesia un monumento conmemorativo de su gran sacrificio por el hombre. “Haced esto—dijo él—, en memoria de mí”. Este era el punto de transición entre dos dispensaciones y sus dos grandes fiestas. La una había de concluir para siempre; la otra, que él acababa de establecer, había de tomar su lugar, y continuar durante todo el tiempo como el conmemorativo de su muerte.—Evangelism, 204.

En este último acto en el que participó con sus discípulos del pan y el vino, Cristo se comprometió a ser Salvador de ellos por medio de un nuevo pacto, pacto en el cual estaba escrito y sellado que, a todos los que recibieran a Cristo por la fe, se les concederían todas las bendiciones que el cielo puede dar, tanto en esta vida como en la vida futura e inmortal. La escritura de este pacto iba a ser ratificada con la propia sangre de Cristo, que había sido mantenida ante las mentes de su pueblo elegido por medio de las antiguas ofrendas expiatorias. Cristo tenía el propósito de que esa cena se conmemorara frecuentemente, a fin de recordarnos el sacrificio que había hecho al dar su vida por la remisión de los pecados de todos los que creyeran en él y lo recibieran.—El Evangelismo, 276.

A la muerte del Salvador, las potencias de las tinieblas parecieron prevalecer, y se regocijaron de su victoria. Pero del sepulcro abierto de José, Jesús salió vencedor.—El Deseado de Todas las Gentes, 137, 138.

Jesús se negó a recibir el homenaje de los suyos hasta tener la seguridad de que su sacrificio era aceptado por el Padre. Ascendió a los atrios celestiales, y de Dios mismo oyó la seguridad de que su expiación por los pecados de los hombres había sido amplia, de que por su sangre todos podían obtener vida eterna. El Padre ratificó el pacto hecho con Cristo, de que recibiría a los hombres arrepentidos y obedientes y los amaría como a su Hijo. Cristo había de completar su obra y cumplir su promesa.—Ibid. 734.

DEVOCIONAL

LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS

Elena G. de White

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