23 de septiembre | Devocional: Alza tus ojos | Jesús escucha al arrepentido

Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. Mateo 18:10.

A medida que se corre el velo que oculta la gloria de Cristo, se muestra al Salvador en su altísimo y santo lugar, no en soledad, descuidado e indiferente a nuestras necesidades, sino rodeado de miles y miles de ángeles santos, cada uno cle los cuales tiene una comisión que cumplir para bendición de la humanidad.

El Salvador está en comunicación con cada sector de su vasto dominio. Desciende de su trono para inclinarse a escuchar las súplicas de sus hijos. Su corazón amoroso está lleno de piedad y compasión por ellos. Pero su mayor pesar, se me ordenó decir, surge cuando se aflige a los que El ha designado para realizar cierta obra; cuando alguien que no comprende la voluntad de Dios impone su camino nublando el juicio con muchas palabras. Pueden necesitarse meses y años para deshacer el error producido en unos pocos minutos por palabras imprudentes.

Oh, no debemos apenar al Salvador por nuestra falta de amor mutuo. El Señor es bien explícito en lo que respecta a la ternura que hemos de manifestar los unos por los otros. Cierta vez los discípulos fueron a Jesús con la pregunta: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Mateo 18:1-3…

Estamos comprometidos en una obra trascendental y solemne, y debemos seguir al Salvador bien de cerca. El nos conducirá a niveles más y más elevados de la verdad. “Veréis mayores cosas aun que éstas”, dice, “sólo sed estudiantes diligentes”. El abre los libros en los que se encuentra inscripto el nombre de cada seguidor, para inspeccionarlos, y en ellos ve con asombro el registro de hechos que deshonran a Dios. El informe de cada día muestra las obras de la Providencia: los esfuerzos del Señor para que los hombres sigan siendo mansos y humildes, bondadosos y compasivos.

Cristo oye cada palabra de desprecio hacia sus hijos. El sabe que a veces casi enloquecen porque hay personas entrometidas, que en vez de atender su propio trabajo, sienten una carga por la obra de alguna otra persona. Cristo no puede grabar su amor en los corazones de los que procuran dañar la influencia de otro porque piensan que está en peligro de enorgullecerse. Si se abrieran los ojos del que acaricia malas sospechas, vería al Salvador que se aproxima a quien él ha acusado, y se inclina a él mientras éste, lleno de confusión, se arrodilla junto a su lecho, llorando, y pidiéndole fuerzas, sabiduría y su poder sostenedor al Señor.—Manuscrito 94, del 23 de septiembre de 1904, “El pecado de hablar iniquidad”.

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DEVOCIONAL: ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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